lunes, agosto 27, 2007

Cambio de Casa

A ver cómo sale por allá...

magnoliamoth.wordpress.com

miércoles, agosto 22, 2007

...Tiempo Fuera...

Esto queda suspendido por un rato. Hasta que se me ocurra volver.

sábado, agosto 18, 2007

No Pertenecer

Y ya a ratos siento que no pertenezco. Y de nuevo me cierro, obstinadamente a mis propias visiones, a las imágenes que yo deseo ver. A las melodías que yo deseo escuchar. A las miradas que puedo dejar entrar. A las que quieren entrar. Siempre espero quien desee entrar, observar, pertenecer. En silencio. En espacio único y propio, que nadie más entienda. A veces veo pasar esas miradas fugaces. No sé si se querrán quedar.
Y es entonces que ya no pertenezco. Que sólo soy yo nuevamente, y el calor de pertenecer se ha desvanecido. Y camino tranquila hasta volverlo a sentir. Y avanzo hasta poder volver a dormir. En silencio. En paz.
Mientras tanto, el insomnio, la apatía, hacen de buena compañía para los efectos sin causa. Para las lágrimas a oscuras. Para las melodías que no afloran. Para las palabras que se callan. Para el desgarrador grito que nadie oye. Para la innecesaria búsqueda de empatía, cuando sé que no es necesaria para respirar. Para avanzar. Para vivir. Y sin embargo se siente tan sofocante no tenerla. Y me voy apagando. Y me voy retrayendo. Y el capullo se hace demasiado estrecho.
Finalmente sigo siendo yo, y sigo esperando. Caminando. Sintiendo. Gritando. Esperando oír algo más que el eco de mi propia voz desgastada.

lunes, agosto 13, 2007

Pertenecer

A veces, me pienso como una entre miles. Expresiones y miradas que no conozco y que, ajenas, danzan a mi alrededor sin mayor sentido que el que mi imaginación quiera darles. Y así, mi centro se convierte en mi única pertenencia. Y mi esencia baña sólo mi sola figura. Sola por elección, no por necesidad.
En otros instantes, Salgo del capullo cálido que es la indiferencia. Salgo ingenua al mundo y busco el mismo color, la misma expresión. Y entonces creo encontrar. Creo vivir. Creo pertenecer. Y a cada lugar que voy, la apatía es vencida por Empatía. A cada mirada que se cruza, le entrego parte de mi mirada. Hasta quedar agotada y carente de brillo. Carente de calor y de coraza. Tirada en medio de miradas brillantes que no me recogerán.
Es entonces que espero, hasta que alguna mirada me escoge y me baña en su esencia. Y me entrega su brillo. Es entonces que el capullo ya no es pequeño. La mirada ya no está vacía. La esencia ya no es la misma. Y recién entonces, pertenezco. A ningún lugar. A ninguna mirada. Sólo a la existencia. Sólo a la nueva esencia y al brillo amable que me ha recogido del piso. Más que todo, pertenezco a la sensación de pertenecer.

domingo, julio 15, 2007

De La Calidad De Individuo

Siempre reclamo y pataleo cuando tengo que defender mi calidad de individuo. Siempre. Siempre. Y más siempre. Y no me cansaré de hacerlo. Es necesario, a veces para encontrarme, otras para que el resto del mundo lo haga. En general, importa sólo porque de otro modo, termino siendo una más entre un mar de "mases" y esos "mases" no siempre quieren mezclarse conmigo. Sigh. Así que me veo en obligación de ser Yo. Yo. Claro, desde fuera es mucho más fácil explicar esa situación incómoda que es serlo y no poder hilar palabras coherentes al respecto. Pero soy Yo. Quien me conoce tiene una fotografía autografiada y la biografía oficial y la no oficial con comentarios y la película y el documental. Porque creo que de distintas partes, algo hay que ver de mi Yo. Pero desde dentro, al momento de tener que escribir la Autobiografía, se hace muy difícil encontrar los rasgos que he de tomar. Los colores del cuadro, o la composición que he de llevar en mi fotografía. Porque me gusta complicarme la vida. Así soy feliz. O eso parece. Al menos infeliz no soy.
Es entonces que las masas de mases presentan imágenes que no del todo, pero más o menos, y casi, pero no tanto, se ajustan a la plantilla del Yo. Y es entonces que realmente me veo en una posición de no poder defender más mi calidad de individuo. Cómo hacerlo cuando en realidad puedo contar innumerables canciones, donde todas describen mucho mejor que mis propias frases mis reacciones ante tal o cual situación o ausencia de la misma. O que extrañamente ya exista en el libreto de algún guionista (no faltaba más...), o en el personaje de algún autor, un Yo muy parecido al mío. Diablos. Mi Yo se perdió entre el mar de mases y los mases ahora no lo dejan salir como Yo. Quieren que salga con colores propios de canciones y escenas y palabras y sonidos que no son suyos, pero casi se ven y suenan como tales. Meh. Es tan caprichoso este Yo. Que a cada momento está antojado de ver cosas nuevas y conocer facetas distintas, y llegar a donde no lo ha hecho antes, y sentir y conectarse y necesitar y amar. Iluso Yo. Si lo puedes hacer observando lo que no eres pero parece que podrías ser.
Peleamos un buen rato, yo y mi Yo. De quienes somos, de que nos parecemos. De que en realidad no somos. Y que sí somos. Y que inventamos. Y que deshacemos. Y tras largas horas de pataleos y de discusiones acaloradas, llegamos al acuerdo de que igual somos Yo. De que mi Yo es muy voyerista y por lo mismo, necesita su inspiración de otros lugares y otras personas. Y que mientras tanto, puedo vivir en las nubes y entonces puedo inventar lo que se me ocurra acerca de Yo, y su esencia yóica quedará intacta, puesto que será lo que me proponga que sea. Independiente de los personajes y las canciones, esas sirven de material de referencia.

domingo, junio 24, 2007

Caer

A veces me pregunto, qué será más amenazante. El mirar el cielo, infinito de posibilidades, lleno de ideales y sueños carentes de sustento. O el suelo. Vacío, plano, seco. Propio de caídas. De sentir el mundo completo sobre la espalda dolorida y el pecho apretado.
Llego a la conclusión de que quizás lo que representa la mayor amenaza no es el cielo, con sus utopías inalcanzables, o el suelo, con las realidades ineludibles, sino el espacio que hay entre ambos. Aquel en que finalmente terminamos por movernos. Es el instante antes de la caída. El momento en que nos percatamos que aquella entelequia cristalina será destruida en pedacitos. En que ya no queda más que resignarse a tocar dolorosamente el piso. Anticipar el dolor daña más que el golpe mismo, creo.
Desde el piso, el cielo se ve más lejos. Al mirar fijo el cielo, el piso desaparece peligrosamente. Y lo único que tenemos cierto, es el punto medio. El equilibrio. La certeza opaca que nos conduce por las vías grises alejadas de caídas y de sueños imposibles.
No es malo caer de vez en cuando. Ni saltar tan alto como podemos, en espera de poder tocar aquello deseado y desconocido en el vacío. Alejarnos de las vías grises en busca de algo distinto.
¿Es mejor el dolor que la apatía? Sí, siempre. Mas no es bueno anticiparlo. Que llegue si tiene que hacerlo. Cierra los ojos y vive.
¿Será posible soñar con los colores desconocidos del cielo, sin enceguecer? Sí, siempre. Sin perseguirlos, los colores llegarán cuando nuestros sueños se encuentren con ellos. Abre los ojos y vive.
Y así, van pasando los días. Pasan las caídas y los nuevos saltos. Y nos hacemos más fuertes. El dolor se va deshaciendo en extremidades adormecidas por los parajes inventados. Saltamos más alto, y las caídas antiguas nos permiten llegar a los caminos opacos sin tanta decepción. Caminamos, y continuamos.
No es del todo malo caer. Saltar. Soñar. Creer. Llorar. Dejar de pensar. Comenzar a gritar. Pensar y escribir. Llenar páginas de palabras incoherentes que nadie va a leer. De secretos que ansiamos contar al viento, para que los lleve a los oídos necesarios. Oídos que puedan devolver el susurro. No es del todo malo vivir, sin anticipar. Reír. Abrir los ojos y observar los sueños que sí se pueden alcanzar, aprender de las caídas que sí se pueden evitar.
Finalmente, dejarse llevar. Detenerse y pensar. Todo es válido. Basta con no anticipar ni predisponer caídas o utopías. O de dejarse llevar por los caminos grises. Todo está en el delgado balance que podamos alcanzar.

lunes, junio 18, 2007

Persiguiendo Fantasmas

...And all the fears you hold so dear
Will turn to whisper in your ear...

Siempre he sido una persona cobarde. Silenciosa y tranquila, sin demasiada necesidad de salir al mundo a perseguir mis Fantasmas, sino más bien, capaz de convivir con ellos, de no existir necesidad de mirarlos de frente. De otro modo, el miedo, la cobardía, toman cartas en el asunto y sencillamente no me permiten salir del estado de pánico voluntario en el que termino por encontrarme. Sencillamente ha sido más fácil cerrar los ojos que observar los Fantasmas con detención.
Así, he caminado siempre por los lugares más seguros, evitando mirar de frente aquello que pueda marcarme en realidad. Ha sido de ese modo que el manto de apatía ha ido cubriendo los rincones expuestos, y la sonrisa constante ha servido de escudo. Los Fantasmas no aparecen mientras uno sonríe. Tras letras y palabras, se esconden muchas formas que, disfrazadas, son más fáciles de llevar. Y de todas maneras, detrás de ellas parecen andar rondando las formas que en realidad deberían estar. Las que asustan en serio.
Lo complejo de todo esto, es encontrarse en la situación en que ya el Fantasma es ineludible. En que no se le puede hacer a un lado, y donde sencillamente, debo mirar a los ojos a lo que me atemoriza. Aún más complicado que lo anterior, es hacerlo, y encontrarse con que en realidad, a ese Fantasma no se le puede ganar.
Los que son míos, están bajo control, se esconden, y de repente son hasta más cobardes que yo, pues no me molestan. Al que me encuentro a cada instante ahora, no es necesariamente mío, aunque lo tengo cerca, y por mucho que lo observe en desconcierto y miedo, no hay cómo perseguirlo y deshacerlo.
No sé - ni me corresponde hacerlo - cuál es la forma en que las personas persiguen a sus Fantasmas. O cómo los mantienen de tal manera escondidos, para que no los molesten. O al menos eso parece. Es difícil encontrarse con alguien que esté dispuesto a perseguir sus Fantasmas de frente. A encontrarse con lo que le asusta. Y reconocerlo, claro está.
De forma general, los ojos dicen más de lo que quieren, o pretenden decir. O menos de lo que quieren mostrar los actos de sus dueños. Es en ellos que se esconden tanto el brillo de la alegría, del sentimiento, como el del miedo, o alguna sombra. Son desconcertantes los ojos. Y es agotador intentar leerlos. Es agotador mirar esperando un cambio en el brillo o en la profundidad. Pero a ratos aparece. Aunque sea fugaz, ahí se encuentra. Sólo para ser vencido por el miedo. Por el Fantasma que llevo cerca pero no es mío, y me obliga a alejarme de a poco, porque su amenaza es más fuerte que yo.
No soy alguien fuerte. Soy ingenua y cobarde, mas de todas formas mi curiosidad me obliga a permanecer cerca del Fantasma ajeno, a ver si desaparece. Eventualmente el miedo gana, eso lo sé. Eventualmente seré tan débil que la sonrisa ya no será posible, ni la apatía será suficiente.
No quiero apatía. Le temo más que a mis propios miedos. Más que a los Fantasmas. Me da sensación de impotencia la apatía. Pero está ahí, cuando ya no quiero sentir, porque el Fantasma del sentimiento es lo que más asusta.
Hoy, no quiero dejar de sentir. Pero me voy a alejar de todas formas, por vencer un miedo. Lo reemplazaré por otro. Por el de la incertidumbre y el silencio. Y la apatía será más cómoda. Pero es débil, como yo, y hoy, no sirve de mucho contra el sentimiento. Sin embargo, los Fantasmas que no son míos, y que siguen estando cerca, me persiguen incluso cuando he dejado de perseguirlos.
Las sombras que ya no están. Los Fantasmas que ya no son, son los más fuertes, en los espacios que no los quieren dejar ir. Y el miedo, el miedo es mayor al encontrárselos de frente. No perseguiré más Fantasmas. No los que no son míos de todas formas. Y los míos, pueden descansar tranquilos.

miércoles, mayo 23, 2007

Antojos y Cuestiones Simples

Son cosas raras los antojos. Llegan, y tal como vinieron, una vez que nos habemos encontrado con ellos, se van. Son cosas complejas los antojos. Mutan y cambian según les plazca, según el día, según el aire. Y así, van apareciendo uno a uno, y nos dejan con igual facilidad. Hasta que nos hemos saciado de antojo.
Hoy se me antoja ver hojas de colores en los árboles, sentir el aire frío por la noche, escuchar una canción repetidas veces, cantar a oscuras en una habitación vacía, leer frases inconexas que me transportan, sentir el calor de mi cama a media noche, oler la lavanda fresca por la tarde, salir a caminar a ningún lugar, subir un cerro y gritar desde la cima, recorrer el desierto, observar imágenes de cerca, construir imágenes de lejos, hundir mi mano en arena tibia, sentir hojas secas crujir bajo mis pasos, beber té en el momento de frío máximo a media noche, encontrar ojos brillantes en lugares de penumbra, susurrar palabras significativas, sentir el escalofrío provocado por un susurro de palabras significativas, yacer en silencio en el piso de mi pieza, algo salado, algo dulce, pistachos, deshacer hojas de papel entre mis dedos, hacer estrellas de papel, detenerme y pensar nada por un instante, cerrar los ojos y ver exactamente lo que necesito ver en ese momento, encontrar mi voz, encontrar otra voz, descubrir melodías nuevas, descubrir párrafos nuevos, salir y ver el mundo como no lo he visto hoy, hacer nada, pensar en qué quiero hacer cuando despierte en un tiempo más, escribir historias grandiosas acerca de momentos cotidianos, detenerme a contar colores y detalles nimios en mi jardín, mirar las estrellas por la noche, caminar por mi casa a oscuras, andar descalza sobre el piso frío, ver el brillo del mar a medio día, los colores del sol sobre las nubes al llegar el ocaso, un abrazo silencioso, sentir que el corazón está latiendo más apresurado, chocolate y menta, sopa, aroma a café sin beberlo, llenar hojas de pensamientos escondidos en mi pecho, sentir el calor y la comodidad tras leer lo que escribí, soñar con imágenes conocidas y calores agradables, respirar profundo, tener conversaciones incidentales y recordarlas por siempre, llevar un cuaderno con las conversaciones que he tenido y quiero preservar, mirar a los ojos y bajar la mirada, sentir mis manos abrigadas, sentir mi cara fría, sentir la noche húmeda y la niebla que me toca, bailar al compás de la música que suena en mi cabeza, visitar la playa, ir al cementerio, encontrarme con lugares que desconozco en paisajes conocidos, internarme en la nada de los cerros y las quebradas, buscar piedritas de colores, crear, deshacer, esconder, atesorar instantes, atesorar miradas, atesorar palabras, dormir y no despertar más de un sueño cómodo y tibio, despertar, respirar, sentir.
Y así, las cosas simples van y vienen como antojos. Y así, voy armando mis imágenes y mis detalles, y se van llenando las paredes de mi cabeza, de imágenes antojadizas, y se va llenando el espacio de ecos de conversaciones y melodías que son sólo mías. Así se va armando mi rompecabezas. Así me voy construyendo de a poco.

jueves, abril 26, 2007

De Nerviosismo e Incertidumbre

A ratos no sé donde estoy, ni hacia donde voy. Siempre sé donde he estado antes. Y sin embargo, la vida así lo quiere, que no pueda más que darme vuelta a observar lo que ha sido, por instantes, sin dejarme ver aquello que será.
Es que a veces creo querer devolverme. No tanto ver lo que fue, ni caminar de nuevo por caminos que ya cumplieron su función. Me trajeron hasta aquí. Quiero llegar hacia donde sea que estuve antes, y desde ahí, caminar por lugares distintos esta vez. Siempre con ganas de encontrar algo distinto, de hacer cosas diferentes, de descubrir miradas y palabras nuevas. Creo que podría vivir sin las que ya han sido a cambio de novedades, con el sólo propósito de satisfacer mi curiosidad. De dejarla saborear recuerdos nuevos.
Pero ya el aire y la nueva niebla no me dejan hacerlo. Y así, tal como lo vengo haciendo, debo mirar al frente. No arriba, abajo, ni hacia los lados del camino, a no ser que éste me presente las circunstancias necesarias para ello. Sólo hacia adelante.
De obstinada, insisto en mirar hacia arriba, para encontrarme diminuta entre la inmensidad del cielo. Para perderme en colores que sólo en mi cabeza existen, para empaparme de sonidos y formas que sólo en mi sensación y sentimiento viven. Porque de poder hacerlo, dejaría de caminar hacia adelante, sólo por quedarme flotando entre fénix y colores. Entre nubes y penumbra. Entre estrellas y fría noche.
Sigo parada. He estado detenida ante esta niebla por largo tiempo, y ya las piernas comienzan a pesar. Y los ojos se me cierran. Y el aliento se me acaba. Aquí no tengo un lugar preciso dónde sentarme. No tengo una figura determinada en la cual apoyarme. Tengo que avanzar. Quiero avanzar. Pero la niebla. Espesa, sigue ahí. Fría y húmeda, sigue ahí. Y más allá de ella, no sé que encontraré.
He caminado trechos con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La caída duele menos así, sin anticiparla. La anticipo sin hacerlo. Mis brazos, mis dedos, me permiten sentir lo que tengo delante. Pero lo desconozco. No sé hasta sentirlo, si duele o es suave. No sé hasta que se termina, si es mío, si muerde, si corre lejos de donde estoy. Y no lo extraño cuando ha huido, pues nunca lo conocí.
Ahora, me rehuso a cerrar los ojos. A extender los brazos. Es parte de mi obstinación. Ya he sentido la caída suave. La fuerte habrá de venir al igual. Si finalmente llega, y me desagrada, he de volver a cerrar los ojos a los colores, figuras, miradas y sabores que desconozco y que se han ido habiéndolos sentido sin querer abrir los ojos. Podré deshacerme del entorno una vez más. Puedo caer suavemente otra vez.
Por ahora, no creo poder evitarla sin perderme entre la niebla. Se reduce a eso. Necesito mantener los ojos abiertos para no perderme. No quiero perderme entre la niebla como ha sucedido antes.
No quiero mantenerme en el camino recto entre la niebla, como ha sucedido tiempo atrás.
Quiero poder caminar despacio, encontrar de frente lo que necesito, avanzar y no perderme. Avanzar con los ojos abiertos, conocer aquello que debo sentir, entenderlo. De repente mirar el cielo, y en caso de que eso que está ahí no huya, mostrarle los colores y la noche imaginarios.
Estoy parada todavía. Descansando cansada. De pie, desvanecida. Adormecida. Llega el tiempo de volver a caminar.
Culpo a la humedad y al frío de la niebla por el escalofrío que siento ahora al avanzar. Todo porque no quiero decirle a mi cabeza y a mi sensación, que en realidad, eso que siento, es nerviosismo. Es aceptar la incertidumbre.

martes, abril 17, 2007

Despertar en Desconcierto

De pronto, no quiero despertar. Despertar a un día demasiado claro. A colores más brillantes de lo que ojos cansados y obstinados soportan. A un otoño que aún no aparece y se deja extrañar. A una cama vacía, calurosa y deshecha. Prefiero quedarme entre sueños. Distante, en ojos cerrados y ambientes oscuros. En abrigo de media noche e insomnio silencioso. En sopor tranquilo y profundo.
Aún, llega a diario la mañana. Con ella, ojos abiertos, distantes, vacíos. Mirada perdida. Busco, y no encuentro imágenes escondidas en el peso de la noche. Imágenes, vivas, violentas, coloridas, apagadas, distantes, enormes, saladas, íntimas, frías, dolorosas, inextricables, deliciosas, densas, lentas, fugaces, suaves, dulces. Mías. Mis imágenes. Ya, ante la luz de la mañana, han desaparecido. Y no queda nada, más que el recuerdo y el desconcierto adormecido entre sábanas deshechas.
Es así, que a pesar de no reconocerlas, de no conocerlas siquiera, logro extrañarlas. Son mías, y la mañana, desconcertante, las ha arrebatado de mi memoria. Entre sonidos extraños, e imágenes artificiales intento reconstruirlas, en una colección de instantes, de sensaciones. La observo y casi parece mía. Y a la vez tan lejana. Es propia del día, de la razón, de procesos que no atraen a las imágenes creadas entre los sueños.
Y entre miradas ajenas, debo esconder el brillo de mis ojos. De la necesidad de rehacer imágenes perdidas. Sabores deshechos entre la sequedad de la boca durante el calor del día. Sabores propios de desvaríos oníricos en mis propios países de maravillas. Sin conejos. Sin fiestas de té. Carentes, en realidad, de parajes maravillosos, que se presenten ante mi memoria. Ecos llenan en cambio las habitaciones vacías de países maravillosos. Será en las mismas miradas ajenas que aún retumbarán los ecos de imágenes escondidas y expectantes a mi nuevo sueño.
La memoria inquieta me deja inmóvil. Esperando. Esperando. Esperando hacerse de suficientes hilos y colores para tejer imágenes que por lo general desconoce en sus momentos lúcidos. Me impide avanzar hasta conseguirlo, en un instante eufórico. Intoxicada de ideas y recuerdos inconexos, termina por cansarse y rendirse a las miradas de extraños, a las palabras del día. Al calor de la mañana de otoño. Al día de abril. Al cielo inusualmente azul.
De esa forma, se despereza, a medida que las vibraciones de la mañana desconcertante se van haciendo cada vez más evidentes. Hasta despertar, en desconcierto y vibración de memoria carente de recuerdos. De sueños carentes de imágenes. De descanso sin movimiento. De movimiento sin comodidad. De mañana calurosa y otoño soleado.
Avanza el día, casi termina, se mueve y me empuja. Y sigo sin querer despertar.

sábado, marzo 24, 2007

De lo Elusivo de las Palabras

Por estos días, las palabras son esquivas. Eluden mi boca y mi puño, y sin embargo, parecen llenar mi cabeza. Confusas, causan revuelo, y hasta parece que mi razón lo disfruta. Me mantienen despierta cuando no debiese estarlo. Me desconcentran, son dueñas de mis desvaríos.
Debería poder controlarlas, ordenarlas en filas uniformes, mostrarles mi autoridad. Pero soy débil, mi carácter lo es. Las palabras se burlan de mi falta de firmeza, y de nuevo corren a esconderse en los rincones de mi conciencia. Se quedan quietas, calladas, hasta que me he cansado de buscar. Ya volverán a pasearse delante mío, y parecerán en sumo interesantes. Se harán notar. Ruidos y destellos, formas inusuales y movimientos apresurados. Todo para hacerme verlas. Para ser perseguidas. Para volver a escapar.
Palabras insensibles. Ignoran deliberadamente mi cansancio tras su acelerado paso por delante de mi razón. No se inmutan siquiera ante mis adoloridos movimientos cada vez que intento atraparlas, saborearlas, hacerlas mías. Porque lo son. Mas se niegan a aceptarlo. Es parte de su obstinación y el dejarlas libres parte de mi débil carácter. Su obstinación es mi obstinación. Y desde ese punto de vista nada puedo hacer para vencerlas. Son ellas quienes dominan mi paso a diario por la tierra, las que determinan los cambios cruciales en relaciones y momentos decisivos.
De pronto me recuerdan algún diablillo vestido de niño pequeño, propio de las historias. Juegan felices, con miradas brillantes y risas alegres. A la vez, la mirada intensa vive en ellas, la mirada poco infantil, los ojos demasiado penetrantes. Es así que logran hacer estragos. Porque se quedan quietas cuando no deben, y de pronto, sienten el impulso inevitable de rondar frenéticamente mi boca, de invadirla y de saturarla.
Será entonces que nada tenga sentido. Se perderán en el aire y se desvanecerán en una carrera apresurada. Y es que en su errático paso pueden ser también dóciles. Dejarse atrapar en movimientos lentos y delicados. Disfrutar el ser perpetuadas en melodías y discursos ricos y densos. En ideas claras, en sueños y recuerdos. Ser parte importante de decisiones, explicaciones mayores. Tienen buenos momentos. Instantes en que se dejan invadir por la luz. En aquella lucidez, brillan un fulgor enceguecedor, quietas, para que el mundo las observe, su brillo, su forma, su color. Sin embargo, su esencia es escapar, y ante eso es poco lo que puedo hacer.
Palabras bipolares. Dementes. En su eterna locura dejan todo revuelto tras ellas. El desorden las hace fuertes. Desorden de ideas, de imágenes, de sentimientos. No queda más que esperarlas. No queda más. Esperar a que me miren con detención y de percaten de mi cansancio. De mi confusión, de lo hermosas que pueden ser, y de lo despreciables que se vuelven cuando no aparecen.
Ya lo harán y será entonces que les mostraré la fuerza de mi puño y la potencia de mi voz. O quizás sólo las guarde, junto con los montones de palabras que yacen inertes entre altos de papeles. Quizás sean melodía clara, o discurso complejo. Tal vez, en el mejor de los casos se conviertan en susurros, en complicidad. Podrían lograr ser parte de otras vidas.
Así pues Palabras, visiten otras razones, paseen por otras cabezas, desordenen todo a su paso. Busquen otras bocas para ser reproducidas. Quizás sean importantes y consigan la inmortalidad. No lo sabrán hasta que no se queden quietas. Palabras esquivas. Tienen todo el poder de ser más grandes que mi vida. Aparezcan. Palabras elusivas. Aparezcan.

jueves, marzo 08, 2007

Crónicas Mareadas

Entre tantas cosas, busco, y no encuentro. Busco pertenencia, busco empatía, busco contacto. Y entre tantas sonrisas y tantas miradas, no encuentro. Y de pronto parece que el brillo y la luz y las miradas se esconden tras los rincones oscuros de habitaciones vacías. Entre la niebla, entre recuerdos. Esperaré.
Será que entre mareo y dolor, quiero sentir algo que no existe. Y no sé que es. Y entre paredes que continúan dando vueltas, espero. Espero de paciencia, y no sé que espero. Deseo quizás, pues no espero nada. Y sin embargo, no puedo aceptar nada más que lo que busco, aunque no sepa lo que ello sea. Y entre esa búsqueda me pierdo.
Y no sé si es realmente necesario encontrarme. No aún, no por mí. En el mareo, en el calor, en paredes que dan vueltas, en ojos vacías y máscaras, sé lo que quiero, lo que soy. Casi al cerrar los ojos, creo sentirlo, es casi tangible, y al mismo tiempo se deshace, ínfimo entre mis dedos. De repente, casi puedo sentirlo con certeza, entre insomnio y mareo.
Busco quedarme quieta un instante, deshacer las vueltas de las paredes, el dolor que se aloja tras mis ojos.
Y a cada momento, no sé qué tengo, qué busco. Parece deshacerse con el aire, las ilusiones son tan particulares. uegan con mi voluntad y con mi percepción. Y no sé realmente qué tengo, qué se aleja con cada palabra, y qué se acerca entre paredes movedias y el silencio. Eso, si en efecto algo se acerca, los círculos apresurados me impiden saberlo con certeza. Y en un solo punto, me quedo quieta, esperando el contacto que me detenga, las palabras que me orienten, la mirada y el brillo que me despierten del todo, o me permitan dormir tranquila.
Y no sé en realidad qué es parte de la habitación que da vueltas, qué tengo y qué deseo tener.

domingo, marzo 04, 2007

Sorpresas

Al releer viejos pasajes suelen aflorar recuerdos. Sonrisas o expresiones contenidas. En mi fuero interno reconozco el impacto que habrán tenido, y sin embargo, a mi alrededor pasarán como palabras, planas y de contenido carente, al menos ante ojos poco intrigados. Y entre todo, vendrán también las sorpresas, esas de los sentimientos reprimidos, de los recuerdos olvidados. De las vidas pasadas.
Y me encontraré también con las sorpresas que me traen las palabras enunciadas de formas que ya no recuerdo. El escalofrío de las frases elaboradas con detención. La mirada esquiva de la comprensión silenciosa. Y con ellas vendrá la nueva apreciación de un mundo conocido.
Quizás ya no vea los rincones ni los colores con que aquellas palabras fueron bordades, ni oiga las melodías que movieron ritmos y latidos al escribirlas, pero siguen ahí. Y en el recuerdo y la sorpresa viven para hacerme entender de donde vengo y hacia donde voy. O para dejarme ver cuan lejos me encuentro de lo que fui o no quise ser. O de lo que soy.
Habrá un día en que encuentre nuevamente el brillo de ojos esquivos en la penumbra de la tarde, y más que seguro, líneas serán escritas en su honor. Que murmullos densos vuelvan, que el escalofrío y la sorpresa de lo desconocido siendo desenredado llegue. Las sensaciones, los abrazos, el contacto que hoy desaparece.
Entre tanta línea escrita, me pierdo, y no logro ver el brillo que tengo o puedo tener delante. O quizás no está y las palabras mal escritas me confunden. Su aroma denso y concentrado me marea. Sus recuerdos sorpresivos opacan las sorpresas que podría llevarme mirando a los ojos. O esquivando miradas. Cerrando los ojos, dejándome llevar. Quizás mañana.

jueves, febrero 22, 2007

Sueños en Claro de Luna

En momentos en que el mundo parece plano, caluroso, carente de vida, hay destellos que consiguen alejarme de los paisajes en que se sitúa mi historia. Y es entonces que los colores se tornan intensos, distorsionan aquella escena y llenan de aire, el más puro, pulmones cansados y ojos vacíos de llanto y apatía. Una vez más la tarde me engaña, y el calor desaparece, entre vueltas e intrincados pasajes, para maravillarme a cada paso. Pasos que no he de dar en realidad. Distancias que no habré de caminar. Serán colores inventados, invisibles, etéreos. Será vida impalpable, inexistente, de mi pura esencia. Serán mis ojos cerrados en una habitación vacía. Serán mis pies descalzos sobre el piso frío. Brisa lejana y melodías envolventes. Y no habrá nada, y a la vez lo tendré todo.
Despacio. Avanzando entre senderos estrechos. Ambientes elaborados, llenos de detalle. Lejanos, desconocidos. Y a la vez, cotidianos. Espacios abiertos, llenos de brisa, fresca y húmeda. Aire dulce. Melodías que comenzarán a llenarme hasta elevarme por completo. Hasta deshacerme por completo. Ojos cerrados. Piso frío. Habitación vacía. A la vez rodeada de agua y ecos, de sonidos y figuras. Aromas. Sensaciones. Desorden.
Habrá de ser una pintura desordenada, caótica quizás. Colorida y en penumbra. Brillante e iluminada. Y entre ella, melodías invasivas, complicadas. Voces peculiares. A la vez majestuosas e imponentes, tanto como tímidas y suaves. Se enredarán en mis cabellos. Reptarán tranquilas por mi cuerpo con sus tonos fríos y cálidos al mismo tiempo. Sin lograr descifrarlas, sólo podré desvanecerme ante ellas. Disolverme en colores y figuras. En aire dulce y contacto de melodías invisibles. E invadida seré libre. Y no habrán paredes sino ecos interminables. Y no habrá calor ni apatía. Sólo luz y brisa fresca. Paisaje vivo y colores brillantes.
Y entonces habré de abrir los ojos, a una habitación vacía, brisa lejana y piso frío, y la tarde seguirá su paso interminable, y yo con ella esperando de nuevo el Claro de Luna.

miércoles, febrero 21, 2007

Vacíos

Palabras vacías. Momentos vacíos. Mirada vacía. Día vacío. Y por ningún lugar, colores ni formas con qué llenarlo. Me desespera el inconformismo, casi tanto como conformarme. Me incomoda en sumo la incertidumbre, el despertar y no encontrar nada delante. Y así me molestan las apariencias, las motivaciones engañosas. La ingenuidad. Y entre tanta cosa incómoda, nada. Sólo vacío. Las pretensiones y las oportunidades inciertas. Y pasa el día, sin conversaciones valiosas. Pasa sin momentos memorables. Una lágrima sola marca la nota de sal en un día insípido. Ni aromas ni colores. Ni recuerdos ni sensaciones. Caras vacías. Expresiones vacías. Lágrimas pesadas. Y entre tanta gente, nadie.
Quiero, y a la vez, no sé que persigo. Deseo, cierro los ojos y espero caer, despertar. Avanzar. Sigo aquí. Sin nada que me mueva. Sin compañía quieta y paciente a mi lado. Sin sonrisas carentes de motivo, ni miradas sin juicio tras ellas. Sin sarcasmos en palabras agrias. Palabras. Sin palabras. Miradas dulces. Recuerdos fugaces. Recuerdos. Sin construcción de memorias. De escalofríos. De brillo en los ojos. Mirada apagada.
Es de esos días vacíos, sin nada que llene, que le de algo de peso, para no irse con el viento de la tarde. Arena, día transformado en arena y polvo entre el viento. Y entre aquel me arrastro lento, porque de permanecer quieta, me ahogo. Busco movimiento. Correr. Levantarme. El vacío me empuja.
Quiero, y no sé qué. Quiero querer. Querer. Descansar de querer. Dejar de descansar. Dejarme llevar, entre la brisa, sin quedarme en el polvo. Brazos que me levanten, sin palabras, sin intenciones. Calor y mirada. Abrazo. Quiero. Y sin embargo, sólo hay palabras, vacío, espacio.
El mundo se llena, y no encuentro colores, ni imágenes, ni sonidos. Miradas vacías, palabras vacías, ojos vacíos. Secos de lágrimas y expresiones. Brillo perdido.
Y continúo queriendo, soñando. Ojos cerrados, brazos extendidos, esperando sentir. Calor, abrazo, mirada. Un abrazo basta para llenar el día. Mañana será otro día.

martes, febrero 13, 2007

Disposición... Humor... Voluntad

Qué determina en realidad la disposición con la cual enfrento la vida es difícil de explicar, incluso de percibir. Basta de segundos para volcar nociones conocidas, para desbaratar figuras delicadamente construidas sobre presunciones frágiles. Al final termina por ser mensurable en cambios de ánimo y comentarios al aire.
Algo más allá de lo que puedo entender determina cómo me muevo entre la gente. Cómo los observo, miro sus ojos, leo sus expresiones. La atención prestada a voces vacías o a suspiros llenos de significado será la distancia entre uno y otro. A veces me gustaría ser menos fría de lo que soy. Y son sonidos y miradas las que me alejan y las que finalmente me encierran en un solo mundo cómodo.
Y hay instantes en que sería agradable poder deshacerse en la brisa. Sonidos y melodías, imágenes, sensaciones - dolores incluidos - que elevan a tal punto que se hace el mundo pequeño. En que es imposible alejarse, contener, sólo contener, ocultar, dejar pasar. Y lágrimas y sonrisas se deshacen dulces en la boca, perpetuando sabores y aromas propios de la vida plena. Más tarde despierto, ahora estoy bien. Más tarde vuelvo a las paredes vacías y a los comentarios pasajeros. A las distancias autoimpuestas. A la necesidad de protección.
Las cicatrices se borran y por un momento las miradas brillan, son honestas y limpias, por un segundo las voces suaves y claras. Por un instante la disposición cambia. Sólo por comentarios al aire. Sólo por dolores agradables. Por experiencias olvidadas. Más tarde vuelvo a las paredes y a los ecos.

sábado, enero 27, 2007

De las Batallas con la Consciencia

Como es usual en mi consciencia, ella tiene formas extrañas de hacerme encontrar situaciones y matices que por voluntad propia jamás veré. Usa melodías e imágenes de otro modo inofensivas para traer cual constante paso de la brisa, y por ciclos, presencias y sensaciones que debiesen desaparecer por el bien de cualquier persona que se cruce conmigo. Y sin embargo, me obliga a encontrarlas, a encararlas, a deber hacer algo de su presencia. A saborearlas. A disfrutarlas. A dejar mi voluntad, mi obstinación, mi letargo y hacer algo de lo que se supone, desea mostrarme.
Quizás doy demasiadas vueltas a melodías e imágenes que siempre han estado ahí. No soy yo, es mi consciencia. Si por mi fuere, no lo haría, no las vería ni las oiría. Definitivamente no las disfrutaría. Pero las encuentro, y ante mí, los fragmentos tienen más poder que la voluntad que a diario me mueve en direcciones seguras. Es alejarme de ese camino seguro lo que desconcierta en mayor medida. Alejarme de los brazos que me mantienen a diario caminando con tranquilidad.
Será el breve viaje por mi consciencia lo que determine - de manera lamentable - lo que la gente verá. Es difícil no involucrar a los demás en cuestiones irresolubles en sí mismas. No se conseguirá mucho. Culpo a mi consciencia. Es fácil vivir caminando cegada por caminos estrechos en los brazos de personas que terminarán arañadas una vez vuelva de la visita a melodías y fragmentos, imágenes y voces que es mejor mantener lejos. Es cómodo y seguro. Seguro. Me aleja de situaciones que prefiero no ver. De lágrimas preferiblemente contenidas hasta que se evaporen en el sueño, o se sequen bajo mi piel. He de procurar que no vean la superficie de mi rostro. Una vez fuera, no quieren regresar ni detenerse en su salida. La rebeldía de mi consciencia las comanda y no hay nada que yo pueda hacer por disuadirlas. No escucharán la voz disminuida por dientes y brazos, gritos ahogados bajo grandes manos, suaves y tibias, ojos cerrados por fuerza de sonidos externos y amenazas. La voz que continuará caminando tranquila, segura, callada. Los rasguños propios de la rebelión de la consciencia y de las lágrimas serán borrados por el tiempo.
En las historias antiguas, escritas sobre piel cicatrizada y oculta, se esconden los conflictos más complejos, y entre los rincones de mi voluntad, se susurra el uso de armas más filosas. De marcas algo más notorias que rasguños y lágrimas. Los grupos más subversivos de mi voluntad se han retirado y con ellas la violencia de las batallas. La organización se ha hecho más burocrática y con ella algo más compleja. Habré de pasar por lugares distintos a diario, en caminos rectos y estrechos, sin paisajes que distraigan ni sonidos que amenacen. Los brazos fuertes habrán de retenerme y de aguantar los rasguños que en un par de días serán olvidados. Y serán sus ojos los que deban observar el conflicto que se ha desarrollado. Y sus oídos escuchar los gritos y disculpas propias de una discusión irresoluble.
De no ser por los escondites que bien sabe encontrar mi consciencia, nada lograría despertarme del caminar lento y acompasado al que me someten brazos y dientes, que ahogan gritos y ciegan miradas en direcciones peligrosas para mi voluntad. La organización será brevemente interrumpida por la rebelión liderada por la Consciencia sobre la Voluntad. Por su ingeniosa forma de hacerme encontrar fragmentos y melodías, y de desordenar lo que por meses la burocracia voluntaria ha demorado en reorganizar, entre asustados susurros y comentarios, acerca de una nueva batalla - violenta como las de antaño -. Y conseguirá sacudirme por un par de segundos. Alejarme de la gente y de las voces seguras. De los colores apagados y los caminos rectos. Todo para volver - e infructuosamente - arañar brazos demasiado fuertes para mi débil voluntad.
Mi Voluntad no es nada sin mi consciencia. Se quedará quieta y callada hasta que reaparezca y desordene todo otra vez. Caminando y murmurando. Hasta poder gritar por algunos momentos antes de volver a dormir. Nunca sé cuando aparecerá mi consciencia para despertarme, ni cómo escogerá su antojadizo sentido del humor el hacerlo. Finalmente, por desagradable que sea caminar entre brazos sangrantes de rasguños, y gritos amenazantes de voces extrañas - que requerirán de explicaciones - no puedo dejar de agradecerle. Es mi Consciencia.


domingo, enero 07, 2007

Recuerdos... Demasiado Recientes

Por una cuestión de naturaleza, es difícil para los seres humamos dejarnos llevar por los cambios. Requiere un estado de apatía tal, que nuestra vida pase por sobre nuestra voluntad. Dejarse llevar por el ambiente, sin imponer voluntades. Es algo más fácil dicho que hecho. Sin embargo, en situaciones adecuadas, dejarse llevar sin prestar atención a la voluntad puede ser agradable. Hasta que despertamos del sueño.
Es parte de la esencia del cambio. Nada puede ser pretendido por siempre, aunque nuestro fuero interno nos invite a quererlo así. Maximizar fragmentos de tiempo suspendido, ecos, inflexiones, palabras, que duraron sólo un instante, y son únicamente parte de nuestra memoria. Y aún cuando habremos racionalizado el hecho de que ya no se encontrarán en nuestro entorno, los queremos de vuelta. Melodías pasajeras, sonrisas apagadas, palabras susurradas. Configuran cuadros que serán parte de nuestras expresiones, de lágrimas y nerviosismos de los que sólo nosotros seremos parte. De cicatrices invisibles, y tal vez de algunas algo más apreciables. Determinarán nuestra futura reacción al cambio, y rearmarán hábitos antes de desaparecer con el sueño a diario. Serán dueños de la falta de aquel. Amos y señores de nuestros sentimientos.
Y simplemente se debe seguir avanzando, alrededor todo lo hace. En todo el espacio que no ha sido cubierto con el velo del desconcierto y la incertidumbre, no hay cabida para historias sin final, ni para el deseo de continuarlas, o simplemente destruirlas. Para el deseo de un momento más de fugaces recuerdos por cristalizar en el tiempo. De paz.
La razón dice que es necesario seguir, dejar atrás correr con rapidez en la dirección contraria de las historias a medio contar. Y sin embargo, cómo es posible alejarse sobre el carro de la razón de situaciones que no la han contado jamás como protagonista. Cómo escuchar ahora aquello que ha sido dejado de lado voluntariamente en la creación de recuerdos que son hoy y serán siempre, demasiado recientes para dejar de lado.
Es necesario adaptarse, miles de años de historia lo confirman. Y de nuevo, nuestra humana testarudez nos lo impide. Hay momentos, en que por mantener el calor un segundo más, escuchar una vez más palabras en la oscuridad, o dormir una noche más un sueño sereno, sin recuerdos y expectativas que ya no tienen sustento, valdría la pena dejarnos llevar, y sucumbir ante la voluntad de aquel más fuerte que nosotros. Aceptar el cambio, y dejar atrás los recuerdos e incertidumbre que mantienen alerta a nuestros sentimientos en medio de la noche.

jueves, enero 04, 2007

Máscaras

Las máscaras representan fantasías, cuestiones alejadas de la realidad. Colores y formas que trasladan a quienes las usan y a quienes las observan a otras épocas, otros estilos. Desencadenan emociones. Provocan.
Las máscaras son, sin embargo, herramientas para mantener distancia. Marcan un espacio entre lo que queremos conocer y lo que las personas están dispuestas a mostrar. Intrigan. No vemos más allá de lo que estamos dispuestos a imaginar. Y es en ese sentido que ellas representan una herramienta útil, puesto que no depende de quien las use aquello que se desee proyectar.
Llenan espacios dejados a nuestra imaginación. Entregan parámetros para interactuar con las demás personas. Implican identificación con imágenes y símbolos. Implican alejarnos de nuestra propia imagen, para cubrirnos con otras más apropiadas. De ese modo, permiten a quien las lleva, relacionarse de forma más cómoda con quienes lo rodean. El truco de las máscaras está en no dejar a los demás ver quien está debajo de ellas, y en conseguir proyectar algún sentido abstracto que aleje a quienes puedan sentirse inquietos por ella, de la curiosidad y la necesidad de descubrir un rostro.
Y el gran conflicto de todo esto yace en realidad en que quien cubre su expresión, elude la necesidad de cercanía que aquel que quiere arrancarle la silenciosa distancia siente. Serán las máscaras de cualquier tipo las que determinarán las relaciones, ya sea porque parecen más atractivas algunas, y desagradables otras. Habrán momentos en que no querremos observarlas.
Tal vez representen conflictos de los que deseamos alejarnos, o quizás escondan cicatrices que preferiríamos tener a la vista. En el peor de los casos, heridas que desearíamos poder sanar.
Aquello que escondemos detrás de imágenes y expresiones frías es lo que nos determina finalmente. Será nuestra real expresión la que nos desnude y, del mismo modo, la que nos exponga a miradas y palabras que nos tocan con más calor del que deseamos. Nuestra piel quemada no resistirá quizás la exposición. La función de nuestra máscara será la de protección. La de escudo. Disfrazará lágrimas, cubiertas por sonrisas. Dará tiempo para cicatrizar heridas que deseamos esconder.
Es necesario sin embargo, saber cuando ella deberá bajar de nuestro rostro. No podemos mantenernos enmascarados e inmunes por siempre.