Las melodías mueven. Sensaciones, sentimientos, acciones. Es complejo pensar en ellas independientemente de nuestro plano de menor consciencia, puesto que en muchos sentidos, ellas lo configuran a tal grado, que se vuelven en innumerables maneras, en sus matices, en sonidos que llenan espacios, que caracterizan momentos. Tienen la particular capacidad de hacernos olvidar nuestro plano físico, de asistirnos en el proceso de convertirnos en seres etéreos, gráciles, capaces de desentrañar de los rincones de nuestro cuerpo inmóvil, la sensación de libertad que anhelamos muchas veces, en los momentos en que la quietud se hace presente con más fuerza.
Ahora, al hablar de melodías, quizás quiero referirme a sonidos, en general, que se configuran como melodías en nuestro eterno intento de escapar de la realidad. Es así que distintas voces, ruidos, quizás la ausencia de los mismos, dejan marcas en nuestros sentidos, en nuestra piel. El sonido de risa, de llanto, de aire corriendo entre los árboles. Incluso el silencio cálido a media noche. Logran componer una sinfonía armoniosa, logran inquietarnos, sacarnos de nuestro estado habitual. Impacientan, desalientan, conmueven, entregan calor.
Muchas veces son justamente aquellos los que proporcionan escape, consuelo, tranquilidad en los momentos agobiantes. Incluso aquellos que nos sofocan, que ahogan, nos transportan a rincones oscuros, distintos, desconocidos y a la vez familiares. Tienen la facultad de tornarse en figuras vivas que nos rodean, de separase de nuestra imaginación para pasar a conformar planos complejos, coloridos, ricos. Finalmente se convierten en lo que queremos que sean y con eso basta.
