A veces me pregunto, qué será más amenazante. El mirar el cielo, infinito de posibilidades, lleno de ideales y sueños carentes de sustento. O el suelo. Vacío, plano, seco. Propio de caídas. De sentir el mundo completo sobre la espalda dolorida y el pecho apretado.
Llego a la conclusión de que quizás lo que representa la mayor amenaza no es el cielo, con sus utopías inalcanzables, o el suelo, con las realidades ineludibles, sino el espacio que hay entre ambos. Aquel en que finalmente terminamos por movernos. Es el instante antes de la caída. El momento en que nos percatamos que aquella entelequia cristalina será destruida en pedacitos. En que ya no queda más que resignarse a tocar dolorosamente el piso. Anticipar el dolor daña más que el golpe mismo, creo.
Llego a la conclusión de que quizás lo que representa la mayor amenaza no es el cielo, con sus utopías inalcanzables, o el suelo, con las realidades ineludibles, sino el espacio que hay entre ambos. Aquel en que finalmente terminamos por movernos. Es el instante antes de la caída. El momento en que nos percatamos que aquella entelequia cristalina será destruida en pedacitos. En que ya no queda más que resignarse a tocar dolorosamente el piso. Anticipar el dolor daña más que el golpe mismo, creo.
Desde el piso, el cielo se ve más lejos. Al mirar fijo el cielo, el piso desaparece peligrosamente. Y lo único que tenemos cierto, es el punto medio. El equilibrio. La certeza opaca que nos conduce por las vías grises alejadas de caídas y de sueños imposibles.
No es malo caer de vez en cuando. Ni saltar tan alto como podemos, en espera de poder tocar aquello deseado y desconocido en el vacío. Alejarnos de las vías grises en busca de algo distinto.
¿Es mejor el dolor que la apatía? Sí, siempre. Mas no es bueno anticiparlo. Que llegue si tiene que hacerlo. Cierra los ojos y vive.
¿Será posible soñar con los colores desconocidos del cielo, sin enceguecer? Sí, siempre. Sin perseguirlos, los colores llegarán cuando nuestros sueños se encuentren con ellos. Abre los ojos y vive.
Y así, van pasando los días. Pasan las caídas y los nuevos saltos. Y nos hacemos más fuertes. El dolor se va deshaciendo en extremidades adormecidas por los parajes inventados. Saltamos más alto, y las caídas antiguas nos permiten llegar a los caminos opacos sin tanta decepción. Caminamos, y continuamos.
No es del todo malo caer. Saltar. Soñar. Creer. Llorar. Dejar de pensar. Comenzar a gritar. Pensar y escribir. Llenar páginas de palabras incoherentes que nadie va a leer. De secretos que ansiamos contar al viento, para que los lleve a los oídos necesarios. Oídos que puedan devolver el susurro. No es del todo malo vivir, sin anticipar. Reír. Abrir los ojos y observar los sueños que sí se pueden alcanzar, aprender de las caídas que sí se pueden evitar.
Finalmente, dejarse llevar. Detenerse y pensar. Todo es válido. Basta con no anticipar ni predisponer caídas o utopías. O de dejarse llevar por los caminos grises. Todo está en el delgado balance que podamos alcanzar.
