jueves, abril 26, 2007

De Nerviosismo e Incertidumbre

A ratos no sé donde estoy, ni hacia donde voy. Siempre sé donde he estado antes. Y sin embargo, la vida así lo quiere, que no pueda más que darme vuelta a observar lo que ha sido, por instantes, sin dejarme ver aquello que será.
Es que a veces creo querer devolverme. No tanto ver lo que fue, ni caminar de nuevo por caminos que ya cumplieron su función. Me trajeron hasta aquí. Quiero llegar hacia donde sea que estuve antes, y desde ahí, caminar por lugares distintos esta vez. Siempre con ganas de encontrar algo distinto, de hacer cosas diferentes, de descubrir miradas y palabras nuevas. Creo que podría vivir sin las que ya han sido a cambio de novedades, con el sólo propósito de satisfacer mi curiosidad. De dejarla saborear recuerdos nuevos.
Pero ya el aire y la nueva niebla no me dejan hacerlo. Y así, tal como lo vengo haciendo, debo mirar al frente. No arriba, abajo, ni hacia los lados del camino, a no ser que éste me presente las circunstancias necesarias para ello. Sólo hacia adelante.
De obstinada, insisto en mirar hacia arriba, para encontrarme diminuta entre la inmensidad del cielo. Para perderme en colores que sólo en mi cabeza existen, para empaparme de sonidos y formas que sólo en mi sensación y sentimiento viven. Porque de poder hacerlo, dejaría de caminar hacia adelante, sólo por quedarme flotando entre fénix y colores. Entre nubes y penumbra. Entre estrellas y fría noche.
Sigo parada. He estado detenida ante esta niebla por largo tiempo, y ya las piernas comienzan a pesar. Y los ojos se me cierran. Y el aliento se me acaba. Aquí no tengo un lugar preciso dónde sentarme. No tengo una figura determinada en la cual apoyarme. Tengo que avanzar. Quiero avanzar. Pero la niebla. Espesa, sigue ahí. Fría y húmeda, sigue ahí. Y más allá de ella, no sé que encontraré.
He caminado trechos con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La caída duele menos así, sin anticiparla. La anticipo sin hacerlo. Mis brazos, mis dedos, me permiten sentir lo que tengo delante. Pero lo desconozco. No sé hasta sentirlo, si duele o es suave. No sé hasta que se termina, si es mío, si muerde, si corre lejos de donde estoy. Y no lo extraño cuando ha huido, pues nunca lo conocí.
Ahora, me rehuso a cerrar los ojos. A extender los brazos. Es parte de mi obstinación. Ya he sentido la caída suave. La fuerte habrá de venir al igual. Si finalmente llega, y me desagrada, he de volver a cerrar los ojos a los colores, figuras, miradas y sabores que desconozco y que se han ido habiéndolos sentido sin querer abrir los ojos. Podré deshacerme del entorno una vez más. Puedo caer suavemente otra vez.
Por ahora, no creo poder evitarla sin perderme entre la niebla. Se reduce a eso. Necesito mantener los ojos abiertos para no perderme. No quiero perderme entre la niebla como ha sucedido antes.
No quiero mantenerme en el camino recto entre la niebla, como ha sucedido tiempo atrás.
Quiero poder caminar despacio, encontrar de frente lo que necesito, avanzar y no perderme. Avanzar con los ojos abiertos, conocer aquello que debo sentir, entenderlo. De repente mirar el cielo, y en caso de que eso que está ahí no huya, mostrarle los colores y la noche imaginarios.
Estoy parada todavía. Descansando cansada. De pie, desvanecida. Adormecida. Llega el tiempo de volver a caminar.
Culpo a la humedad y al frío de la niebla por el escalofrío que siento ahora al avanzar. Todo porque no quiero decirle a mi cabeza y a mi sensación, que en realidad, eso que siento, es nerviosismo. Es aceptar la incertidumbre.

martes, abril 17, 2007

Despertar en Desconcierto

De pronto, no quiero despertar. Despertar a un día demasiado claro. A colores más brillantes de lo que ojos cansados y obstinados soportan. A un otoño que aún no aparece y se deja extrañar. A una cama vacía, calurosa y deshecha. Prefiero quedarme entre sueños. Distante, en ojos cerrados y ambientes oscuros. En abrigo de media noche e insomnio silencioso. En sopor tranquilo y profundo.
Aún, llega a diario la mañana. Con ella, ojos abiertos, distantes, vacíos. Mirada perdida. Busco, y no encuentro imágenes escondidas en el peso de la noche. Imágenes, vivas, violentas, coloridas, apagadas, distantes, enormes, saladas, íntimas, frías, dolorosas, inextricables, deliciosas, densas, lentas, fugaces, suaves, dulces. Mías. Mis imágenes. Ya, ante la luz de la mañana, han desaparecido. Y no queda nada, más que el recuerdo y el desconcierto adormecido entre sábanas deshechas.
Es así, que a pesar de no reconocerlas, de no conocerlas siquiera, logro extrañarlas. Son mías, y la mañana, desconcertante, las ha arrebatado de mi memoria. Entre sonidos extraños, e imágenes artificiales intento reconstruirlas, en una colección de instantes, de sensaciones. La observo y casi parece mía. Y a la vez tan lejana. Es propia del día, de la razón, de procesos que no atraen a las imágenes creadas entre los sueños.
Y entre miradas ajenas, debo esconder el brillo de mis ojos. De la necesidad de rehacer imágenes perdidas. Sabores deshechos entre la sequedad de la boca durante el calor del día. Sabores propios de desvaríos oníricos en mis propios países de maravillas. Sin conejos. Sin fiestas de té. Carentes, en realidad, de parajes maravillosos, que se presenten ante mi memoria. Ecos llenan en cambio las habitaciones vacías de países maravillosos. Será en las mismas miradas ajenas que aún retumbarán los ecos de imágenes escondidas y expectantes a mi nuevo sueño.
La memoria inquieta me deja inmóvil. Esperando. Esperando. Esperando hacerse de suficientes hilos y colores para tejer imágenes que por lo general desconoce en sus momentos lúcidos. Me impide avanzar hasta conseguirlo, en un instante eufórico. Intoxicada de ideas y recuerdos inconexos, termina por cansarse y rendirse a las miradas de extraños, a las palabras del día. Al calor de la mañana de otoño. Al día de abril. Al cielo inusualmente azul.
De esa forma, se despereza, a medida que las vibraciones de la mañana desconcertante se van haciendo cada vez más evidentes. Hasta despertar, en desconcierto y vibración de memoria carente de recuerdos. De sueños carentes de imágenes. De descanso sin movimiento. De movimiento sin comodidad. De mañana calurosa y otoño soleado.
Avanza el día, casi termina, se mueve y me empuja. Y sigo sin querer despertar.