A ratos no sé donde estoy, ni hacia donde voy. Siempre sé donde he estado antes. Y sin embargo, la vida así lo quiere, que no pueda más que darme vuelta a observar lo que ha sido, por instantes, sin dejarme ver aquello que será.
Es que a veces creo querer devolverme. No tanto ver lo que fue, ni caminar de nuevo por caminos que ya cumplieron su función. Me trajeron hasta aquí. Quiero llegar hacia donde sea que estuve antes, y desde ahí, caminar por lugares distintos esta vez. Siempre con ganas de encontrar algo distinto, de hacer cosas diferentes, de descubrir miradas y palabras nuevas. Creo que podría vivir sin las que ya han sido a cambio de novedades, con el sólo propósito de satisfacer mi curiosidad. De dejarla saborear recuerdos nuevos.
Pero ya el aire y la nueva niebla no me dejan hacerlo. Y así, tal como lo vengo haciendo, debo mirar al frente. No arriba, abajo, ni hacia los lados del camino, a no ser que éste me presente las circunstancias necesarias para ello. Sólo hacia adelante.
De obstinada, insisto en mirar hacia arriba, para encontrarme diminuta entre la inmensidad del cielo. Para perderme en colores que sólo en mi cabeza existen, para empaparme de sonidos y formas que sólo en mi sensación y sentimiento viven. Porque de poder hacerlo, dejaría de caminar hacia adelante, sólo por quedarme flotando entre fénix y colores. Entre nubes y penumbra. Entre estrellas y fría noche.
Sigo parada. He estado detenida ante esta niebla por largo tiempo, y ya las piernas comienzan a pesar. Y los ojos se me cierran. Y el aliento se me acaba. Aquí no tengo un lugar preciso dónde sentarme. No tengo una figura determinada en la cual apoyarme. Tengo que avanzar. Quiero avanzar. Pero la niebla. Espesa, sigue ahí. Fría y húmeda, sigue ahí. Y más allá de ella, no sé que encontraré.
He caminado trechos con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La caída duele menos así, sin anticiparla. La anticipo sin hacerlo. Mis brazos, mis dedos, me permiten sentir lo que tengo delante. Pero lo desconozco. No sé hasta sentirlo, si duele o es suave. No sé hasta que se termina, si es mío, si muerde, si corre lejos de donde estoy. Y no lo extraño cuando ha huido, pues nunca lo conocí.
Ahora, me rehuso a cerrar los ojos. A extender los brazos. Es parte de mi obstinación. Ya he sentido la caída suave. La fuerte habrá de venir al igual. Si finalmente llega, y me desagrada, he de volver a cerrar los ojos a los colores, figuras, miradas y sabores que desconozco y que se han ido habiéndolos sentido sin querer abrir los ojos. Podré deshacerme del entorno una vez más. Puedo caer suavemente otra vez.
Por ahora, no creo poder evitarla sin perderme entre la niebla. Se reduce a eso. Necesito mantener los ojos abiertos para no perderme. No quiero perderme entre la niebla como ha sucedido antes.
No quiero mantenerme en el camino recto entre la niebla, como ha sucedido tiempo atrás.
Es que a veces creo querer devolverme. No tanto ver lo que fue, ni caminar de nuevo por caminos que ya cumplieron su función. Me trajeron hasta aquí. Quiero llegar hacia donde sea que estuve antes, y desde ahí, caminar por lugares distintos esta vez. Siempre con ganas de encontrar algo distinto, de hacer cosas diferentes, de descubrir miradas y palabras nuevas. Creo que podría vivir sin las que ya han sido a cambio de novedades, con el sólo propósito de satisfacer mi curiosidad. De dejarla saborear recuerdos nuevos.
Pero ya el aire y la nueva niebla no me dejan hacerlo. Y así, tal como lo vengo haciendo, debo mirar al frente. No arriba, abajo, ni hacia los lados del camino, a no ser que éste me presente las circunstancias necesarias para ello. Sólo hacia adelante.
De obstinada, insisto en mirar hacia arriba, para encontrarme diminuta entre la inmensidad del cielo. Para perderme en colores que sólo en mi cabeza existen, para empaparme de sonidos y formas que sólo en mi sensación y sentimiento viven. Porque de poder hacerlo, dejaría de caminar hacia adelante, sólo por quedarme flotando entre fénix y colores. Entre nubes y penumbra. Entre estrellas y fría noche.
Sigo parada. He estado detenida ante esta niebla por largo tiempo, y ya las piernas comienzan a pesar. Y los ojos se me cierran. Y el aliento se me acaba. Aquí no tengo un lugar preciso dónde sentarme. No tengo una figura determinada en la cual apoyarme. Tengo que avanzar. Quiero avanzar. Pero la niebla. Espesa, sigue ahí. Fría y húmeda, sigue ahí. Y más allá de ella, no sé que encontraré.
He caminado trechos con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La caída duele menos así, sin anticiparla. La anticipo sin hacerlo. Mis brazos, mis dedos, me permiten sentir lo que tengo delante. Pero lo desconozco. No sé hasta sentirlo, si duele o es suave. No sé hasta que se termina, si es mío, si muerde, si corre lejos de donde estoy. Y no lo extraño cuando ha huido, pues nunca lo conocí.
Ahora, me rehuso a cerrar los ojos. A extender los brazos. Es parte de mi obstinación. Ya he sentido la caída suave. La fuerte habrá de venir al igual. Si finalmente llega, y me desagrada, he de volver a cerrar los ojos a los colores, figuras, miradas y sabores que desconozco y que se han ido habiéndolos sentido sin querer abrir los ojos. Podré deshacerme del entorno una vez más. Puedo caer suavemente otra vez.
Por ahora, no creo poder evitarla sin perderme entre la niebla. Se reduce a eso. Necesito mantener los ojos abiertos para no perderme. No quiero perderme entre la niebla como ha sucedido antes.
No quiero mantenerme en el camino recto entre la niebla, como ha sucedido tiempo atrás.
Quiero poder caminar despacio, encontrar de frente lo que necesito, avanzar y no perderme. Avanzar con los ojos abiertos, conocer aquello que debo sentir, entenderlo. De repente mirar el cielo, y en caso de que eso que está ahí no huya, mostrarle los colores y la noche imaginarios.
Estoy parada todavía. Descansando cansada. De pie, desvanecida. Adormecida. Llega el tiempo de volver a caminar.
Culpo a la humedad y al frío de la niebla por el escalofrío que siento ahora al avanzar. Todo porque no quiero decirle a mi cabeza y a mi sensación, que en realidad, eso que siento, es nerviosismo. Es aceptar la incertidumbre.
Estoy parada todavía. Descansando cansada. De pie, desvanecida. Adormecida. Llega el tiempo de volver a caminar.
Culpo a la humedad y al frío de la niebla por el escalofrío que siento ahora al avanzar. Todo porque no quiero decirle a mi cabeza y a mi sensación, que en realidad, eso que siento, es nerviosismo. Es aceptar la incertidumbre.
