lunes, agosto 27, 2007

Cambio de Casa

A ver cómo sale por allá...

magnoliamoth.wordpress.com

miércoles, agosto 22, 2007

...Tiempo Fuera...

Esto queda suspendido por un rato. Hasta que se me ocurra volver.

sábado, agosto 18, 2007

No Pertenecer

Y ya a ratos siento que no pertenezco. Y de nuevo me cierro, obstinadamente a mis propias visiones, a las imágenes que yo deseo ver. A las melodías que yo deseo escuchar. A las miradas que puedo dejar entrar. A las que quieren entrar. Siempre espero quien desee entrar, observar, pertenecer. En silencio. En espacio único y propio, que nadie más entienda. A veces veo pasar esas miradas fugaces. No sé si se querrán quedar.
Y es entonces que ya no pertenezco. Que sólo soy yo nuevamente, y el calor de pertenecer se ha desvanecido. Y camino tranquila hasta volverlo a sentir. Y avanzo hasta poder volver a dormir. En silencio. En paz.
Mientras tanto, el insomnio, la apatía, hacen de buena compañía para los efectos sin causa. Para las lágrimas a oscuras. Para las melodías que no afloran. Para las palabras que se callan. Para el desgarrador grito que nadie oye. Para la innecesaria búsqueda de empatía, cuando sé que no es necesaria para respirar. Para avanzar. Para vivir. Y sin embargo se siente tan sofocante no tenerla. Y me voy apagando. Y me voy retrayendo. Y el capullo se hace demasiado estrecho.
Finalmente sigo siendo yo, y sigo esperando. Caminando. Sintiendo. Gritando. Esperando oír algo más que el eco de mi propia voz desgastada.

lunes, agosto 13, 2007

Pertenecer

A veces, me pienso como una entre miles. Expresiones y miradas que no conozco y que, ajenas, danzan a mi alrededor sin mayor sentido que el que mi imaginación quiera darles. Y así, mi centro se convierte en mi única pertenencia. Y mi esencia baña sólo mi sola figura. Sola por elección, no por necesidad.
En otros instantes, Salgo del capullo cálido que es la indiferencia. Salgo ingenua al mundo y busco el mismo color, la misma expresión. Y entonces creo encontrar. Creo vivir. Creo pertenecer. Y a cada lugar que voy, la apatía es vencida por Empatía. A cada mirada que se cruza, le entrego parte de mi mirada. Hasta quedar agotada y carente de brillo. Carente de calor y de coraza. Tirada en medio de miradas brillantes que no me recogerán.
Es entonces que espero, hasta que alguna mirada me escoge y me baña en su esencia. Y me entrega su brillo. Es entonces que el capullo ya no es pequeño. La mirada ya no está vacía. La esencia ya no es la misma. Y recién entonces, pertenezco. A ningún lugar. A ninguna mirada. Sólo a la existencia. Sólo a la nueva esencia y al brillo amable que me ha recogido del piso. Más que todo, pertenezco a la sensación de pertenecer.

domingo, julio 15, 2007

De La Calidad De Individuo

Siempre reclamo y pataleo cuando tengo que defender mi calidad de individuo. Siempre. Siempre. Y más siempre. Y no me cansaré de hacerlo. Es necesario, a veces para encontrarme, otras para que el resto del mundo lo haga. En general, importa sólo porque de otro modo, termino siendo una más entre un mar de "mases" y esos "mases" no siempre quieren mezclarse conmigo. Sigh. Así que me veo en obligación de ser Yo. Yo. Claro, desde fuera es mucho más fácil explicar esa situación incómoda que es serlo y no poder hilar palabras coherentes al respecto. Pero soy Yo. Quien me conoce tiene una fotografía autografiada y la biografía oficial y la no oficial con comentarios y la película y el documental. Porque creo que de distintas partes, algo hay que ver de mi Yo. Pero desde dentro, al momento de tener que escribir la Autobiografía, se hace muy difícil encontrar los rasgos que he de tomar. Los colores del cuadro, o la composición que he de llevar en mi fotografía. Porque me gusta complicarme la vida. Así soy feliz. O eso parece. Al menos infeliz no soy.
Es entonces que las masas de mases presentan imágenes que no del todo, pero más o menos, y casi, pero no tanto, se ajustan a la plantilla del Yo. Y es entonces que realmente me veo en una posición de no poder defender más mi calidad de individuo. Cómo hacerlo cuando en realidad puedo contar innumerables canciones, donde todas describen mucho mejor que mis propias frases mis reacciones ante tal o cual situación o ausencia de la misma. O que extrañamente ya exista en el libreto de algún guionista (no faltaba más...), o en el personaje de algún autor, un Yo muy parecido al mío. Diablos. Mi Yo se perdió entre el mar de mases y los mases ahora no lo dejan salir como Yo. Quieren que salga con colores propios de canciones y escenas y palabras y sonidos que no son suyos, pero casi se ven y suenan como tales. Meh. Es tan caprichoso este Yo. Que a cada momento está antojado de ver cosas nuevas y conocer facetas distintas, y llegar a donde no lo ha hecho antes, y sentir y conectarse y necesitar y amar. Iluso Yo. Si lo puedes hacer observando lo que no eres pero parece que podrías ser.
Peleamos un buen rato, yo y mi Yo. De quienes somos, de que nos parecemos. De que en realidad no somos. Y que sí somos. Y que inventamos. Y que deshacemos. Y tras largas horas de pataleos y de discusiones acaloradas, llegamos al acuerdo de que igual somos Yo. De que mi Yo es muy voyerista y por lo mismo, necesita su inspiración de otros lugares y otras personas. Y que mientras tanto, puedo vivir en las nubes y entonces puedo inventar lo que se me ocurra acerca de Yo, y su esencia yóica quedará intacta, puesto que será lo que me proponga que sea. Independiente de los personajes y las canciones, esas sirven de material de referencia.

domingo, junio 24, 2007

Caer

A veces me pregunto, qué será más amenazante. El mirar el cielo, infinito de posibilidades, lleno de ideales y sueños carentes de sustento. O el suelo. Vacío, plano, seco. Propio de caídas. De sentir el mundo completo sobre la espalda dolorida y el pecho apretado.
Llego a la conclusión de que quizás lo que representa la mayor amenaza no es el cielo, con sus utopías inalcanzables, o el suelo, con las realidades ineludibles, sino el espacio que hay entre ambos. Aquel en que finalmente terminamos por movernos. Es el instante antes de la caída. El momento en que nos percatamos que aquella entelequia cristalina será destruida en pedacitos. En que ya no queda más que resignarse a tocar dolorosamente el piso. Anticipar el dolor daña más que el golpe mismo, creo.
Desde el piso, el cielo se ve más lejos. Al mirar fijo el cielo, el piso desaparece peligrosamente. Y lo único que tenemos cierto, es el punto medio. El equilibrio. La certeza opaca que nos conduce por las vías grises alejadas de caídas y de sueños imposibles.
No es malo caer de vez en cuando. Ni saltar tan alto como podemos, en espera de poder tocar aquello deseado y desconocido en el vacío. Alejarnos de las vías grises en busca de algo distinto.
¿Es mejor el dolor que la apatía? Sí, siempre. Mas no es bueno anticiparlo. Que llegue si tiene que hacerlo. Cierra los ojos y vive.
¿Será posible soñar con los colores desconocidos del cielo, sin enceguecer? Sí, siempre. Sin perseguirlos, los colores llegarán cuando nuestros sueños se encuentren con ellos. Abre los ojos y vive.
Y así, van pasando los días. Pasan las caídas y los nuevos saltos. Y nos hacemos más fuertes. El dolor se va deshaciendo en extremidades adormecidas por los parajes inventados. Saltamos más alto, y las caídas antiguas nos permiten llegar a los caminos opacos sin tanta decepción. Caminamos, y continuamos.
No es del todo malo caer. Saltar. Soñar. Creer. Llorar. Dejar de pensar. Comenzar a gritar. Pensar y escribir. Llenar páginas de palabras incoherentes que nadie va a leer. De secretos que ansiamos contar al viento, para que los lleve a los oídos necesarios. Oídos que puedan devolver el susurro. No es del todo malo vivir, sin anticipar. Reír. Abrir los ojos y observar los sueños que sí se pueden alcanzar, aprender de las caídas que sí se pueden evitar.
Finalmente, dejarse llevar. Detenerse y pensar. Todo es válido. Basta con no anticipar ni predisponer caídas o utopías. O de dejarse llevar por los caminos grises. Todo está en el delgado balance que podamos alcanzar.

lunes, junio 18, 2007

Persiguiendo Fantasmas

...And all the fears you hold so dear
Will turn to whisper in your ear...

Siempre he sido una persona cobarde. Silenciosa y tranquila, sin demasiada necesidad de salir al mundo a perseguir mis Fantasmas, sino más bien, capaz de convivir con ellos, de no existir necesidad de mirarlos de frente. De otro modo, el miedo, la cobardía, toman cartas en el asunto y sencillamente no me permiten salir del estado de pánico voluntario en el que termino por encontrarme. Sencillamente ha sido más fácil cerrar los ojos que observar los Fantasmas con detención.
Así, he caminado siempre por los lugares más seguros, evitando mirar de frente aquello que pueda marcarme en realidad. Ha sido de ese modo que el manto de apatía ha ido cubriendo los rincones expuestos, y la sonrisa constante ha servido de escudo. Los Fantasmas no aparecen mientras uno sonríe. Tras letras y palabras, se esconden muchas formas que, disfrazadas, son más fáciles de llevar. Y de todas maneras, detrás de ellas parecen andar rondando las formas que en realidad deberían estar. Las que asustan en serio.
Lo complejo de todo esto, es encontrarse en la situación en que ya el Fantasma es ineludible. En que no se le puede hacer a un lado, y donde sencillamente, debo mirar a los ojos a lo que me atemoriza. Aún más complicado que lo anterior, es hacerlo, y encontrarse con que en realidad, a ese Fantasma no se le puede ganar.
Los que son míos, están bajo control, se esconden, y de repente son hasta más cobardes que yo, pues no me molestan. Al que me encuentro a cada instante ahora, no es necesariamente mío, aunque lo tengo cerca, y por mucho que lo observe en desconcierto y miedo, no hay cómo perseguirlo y deshacerlo.
No sé - ni me corresponde hacerlo - cuál es la forma en que las personas persiguen a sus Fantasmas. O cómo los mantienen de tal manera escondidos, para que no los molesten. O al menos eso parece. Es difícil encontrarse con alguien que esté dispuesto a perseguir sus Fantasmas de frente. A encontrarse con lo que le asusta. Y reconocerlo, claro está.
De forma general, los ojos dicen más de lo que quieren, o pretenden decir. O menos de lo que quieren mostrar los actos de sus dueños. Es en ellos que se esconden tanto el brillo de la alegría, del sentimiento, como el del miedo, o alguna sombra. Son desconcertantes los ojos. Y es agotador intentar leerlos. Es agotador mirar esperando un cambio en el brillo o en la profundidad. Pero a ratos aparece. Aunque sea fugaz, ahí se encuentra. Sólo para ser vencido por el miedo. Por el Fantasma que llevo cerca pero no es mío, y me obliga a alejarme de a poco, porque su amenaza es más fuerte que yo.
No soy alguien fuerte. Soy ingenua y cobarde, mas de todas formas mi curiosidad me obliga a permanecer cerca del Fantasma ajeno, a ver si desaparece. Eventualmente el miedo gana, eso lo sé. Eventualmente seré tan débil que la sonrisa ya no será posible, ni la apatía será suficiente.
No quiero apatía. Le temo más que a mis propios miedos. Más que a los Fantasmas. Me da sensación de impotencia la apatía. Pero está ahí, cuando ya no quiero sentir, porque el Fantasma del sentimiento es lo que más asusta.
Hoy, no quiero dejar de sentir. Pero me voy a alejar de todas formas, por vencer un miedo. Lo reemplazaré por otro. Por el de la incertidumbre y el silencio. Y la apatía será más cómoda. Pero es débil, como yo, y hoy, no sirve de mucho contra el sentimiento. Sin embargo, los Fantasmas que no son míos, y que siguen estando cerca, me persiguen incluso cuando he dejado de perseguirlos.
Las sombras que ya no están. Los Fantasmas que ya no son, son los más fuertes, en los espacios que no los quieren dejar ir. Y el miedo, el miedo es mayor al encontrárselos de frente. No perseguiré más Fantasmas. No los que no son míos de todas formas. Y los míos, pueden descansar tranquilos.

miércoles, mayo 23, 2007

Antojos y Cuestiones Simples

Son cosas raras los antojos. Llegan, y tal como vinieron, una vez que nos habemos encontrado con ellos, se van. Son cosas complejas los antojos. Mutan y cambian según les plazca, según el día, según el aire. Y así, van apareciendo uno a uno, y nos dejan con igual facilidad. Hasta que nos hemos saciado de antojo.
Hoy se me antoja ver hojas de colores en los árboles, sentir el aire frío por la noche, escuchar una canción repetidas veces, cantar a oscuras en una habitación vacía, leer frases inconexas que me transportan, sentir el calor de mi cama a media noche, oler la lavanda fresca por la tarde, salir a caminar a ningún lugar, subir un cerro y gritar desde la cima, recorrer el desierto, observar imágenes de cerca, construir imágenes de lejos, hundir mi mano en arena tibia, sentir hojas secas crujir bajo mis pasos, beber té en el momento de frío máximo a media noche, encontrar ojos brillantes en lugares de penumbra, susurrar palabras significativas, sentir el escalofrío provocado por un susurro de palabras significativas, yacer en silencio en el piso de mi pieza, algo salado, algo dulce, pistachos, deshacer hojas de papel entre mis dedos, hacer estrellas de papel, detenerme y pensar nada por un instante, cerrar los ojos y ver exactamente lo que necesito ver en ese momento, encontrar mi voz, encontrar otra voz, descubrir melodías nuevas, descubrir párrafos nuevos, salir y ver el mundo como no lo he visto hoy, hacer nada, pensar en qué quiero hacer cuando despierte en un tiempo más, escribir historias grandiosas acerca de momentos cotidianos, detenerme a contar colores y detalles nimios en mi jardín, mirar las estrellas por la noche, caminar por mi casa a oscuras, andar descalza sobre el piso frío, ver el brillo del mar a medio día, los colores del sol sobre las nubes al llegar el ocaso, un abrazo silencioso, sentir que el corazón está latiendo más apresurado, chocolate y menta, sopa, aroma a café sin beberlo, llenar hojas de pensamientos escondidos en mi pecho, sentir el calor y la comodidad tras leer lo que escribí, soñar con imágenes conocidas y calores agradables, respirar profundo, tener conversaciones incidentales y recordarlas por siempre, llevar un cuaderno con las conversaciones que he tenido y quiero preservar, mirar a los ojos y bajar la mirada, sentir mis manos abrigadas, sentir mi cara fría, sentir la noche húmeda y la niebla que me toca, bailar al compás de la música que suena en mi cabeza, visitar la playa, ir al cementerio, encontrarme con lugares que desconozco en paisajes conocidos, internarme en la nada de los cerros y las quebradas, buscar piedritas de colores, crear, deshacer, esconder, atesorar instantes, atesorar miradas, atesorar palabras, dormir y no despertar más de un sueño cómodo y tibio, despertar, respirar, sentir.
Y así, las cosas simples van y vienen como antojos. Y así, voy armando mis imágenes y mis detalles, y se van llenando las paredes de mi cabeza, de imágenes antojadizas, y se va llenando el espacio de ecos de conversaciones y melodías que son sólo mías. Así se va armando mi rompecabezas. Así me voy construyendo de a poco.

jueves, abril 26, 2007

De Nerviosismo e Incertidumbre

A ratos no sé donde estoy, ni hacia donde voy. Siempre sé donde he estado antes. Y sin embargo, la vida así lo quiere, que no pueda más que darme vuelta a observar lo que ha sido, por instantes, sin dejarme ver aquello que será.
Es que a veces creo querer devolverme. No tanto ver lo que fue, ni caminar de nuevo por caminos que ya cumplieron su función. Me trajeron hasta aquí. Quiero llegar hacia donde sea que estuve antes, y desde ahí, caminar por lugares distintos esta vez. Siempre con ganas de encontrar algo distinto, de hacer cosas diferentes, de descubrir miradas y palabras nuevas. Creo que podría vivir sin las que ya han sido a cambio de novedades, con el sólo propósito de satisfacer mi curiosidad. De dejarla saborear recuerdos nuevos.
Pero ya el aire y la nueva niebla no me dejan hacerlo. Y así, tal como lo vengo haciendo, debo mirar al frente. No arriba, abajo, ni hacia los lados del camino, a no ser que éste me presente las circunstancias necesarias para ello. Sólo hacia adelante.
De obstinada, insisto en mirar hacia arriba, para encontrarme diminuta entre la inmensidad del cielo. Para perderme en colores que sólo en mi cabeza existen, para empaparme de sonidos y formas que sólo en mi sensación y sentimiento viven. Porque de poder hacerlo, dejaría de caminar hacia adelante, sólo por quedarme flotando entre fénix y colores. Entre nubes y penumbra. Entre estrellas y fría noche.
Sigo parada. He estado detenida ante esta niebla por largo tiempo, y ya las piernas comienzan a pesar. Y los ojos se me cierran. Y el aliento se me acaba. Aquí no tengo un lugar preciso dónde sentarme. No tengo una figura determinada en la cual apoyarme. Tengo que avanzar. Quiero avanzar. Pero la niebla. Espesa, sigue ahí. Fría y húmeda, sigue ahí. Y más allá de ella, no sé que encontraré.
He caminado trechos con los ojos cerrados y los brazos extendidos. La caída duele menos así, sin anticiparla. La anticipo sin hacerlo. Mis brazos, mis dedos, me permiten sentir lo que tengo delante. Pero lo desconozco. No sé hasta sentirlo, si duele o es suave. No sé hasta que se termina, si es mío, si muerde, si corre lejos de donde estoy. Y no lo extraño cuando ha huido, pues nunca lo conocí.
Ahora, me rehuso a cerrar los ojos. A extender los brazos. Es parte de mi obstinación. Ya he sentido la caída suave. La fuerte habrá de venir al igual. Si finalmente llega, y me desagrada, he de volver a cerrar los ojos a los colores, figuras, miradas y sabores que desconozco y que se han ido habiéndolos sentido sin querer abrir los ojos. Podré deshacerme del entorno una vez más. Puedo caer suavemente otra vez.
Por ahora, no creo poder evitarla sin perderme entre la niebla. Se reduce a eso. Necesito mantener los ojos abiertos para no perderme. No quiero perderme entre la niebla como ha sucedido antes.
No quiero mantenerme en el camino recto entre la niebla, como ha sucedido tiempo atrás.
Quiero poder caminar despacio, encontrar de frente lo que necesito, avanzar y no perderme. Avanzar con los ojos abiertos, conocer aquello que debo sentir, entenderlo. De repente mirar el cielo, y en caso de que eso que está ahí no huya, mostrarle los colores y la noche imaginarios.
Estoy parada todavía. Descansando cansada. De pie, desvanecida. Adormecida. Llega el tiempo de volver a caminar.
Culpo a la humedad y al frío de la niebla por el escalofrío que siento ahora al avanzar. Todo porque no quiero decirle a mi cabeza y a mi sensación, que en realidad, eso que siento, es nerviosismo. Es aceptar la incertidumbre.

martes, abril 17, 2007

Despertar en Desconcierto

De pronto, no quiero despertar. Despertar a un día demasiado claro. A colores más brillantes de lo que ojos cansados y obstinados soportan. A un otoño que aún no aparece y se deja extrañar. A una cama vacía, calurosa y deshecha. Prefiero quedarme entre sueños. Distante, en ojos cerrados y ambientes oscuros. En abrigo de media noche e insomnio silencioso. En sopor tranquilo y profundo.
Aún, llega a diario la mañana. Con ella, ojos abiertos, distantes, vacíos. Mirada perdida. Busco, y no encuentro imágenes escondidas en el peso de la noche. Imágenes, vivas, violentas, coloridas, apagadas, distantes, enormes, saladas, íntimas, frías, dolorosas, inextricables, deliciosas, densas, lentas, fugaces, suaves, dulces. Mías. Mis imágenes. Ya, ante la luz de la mañana, han desaparecido. Y no queda nada, más que el recuerdo y el desconcierto adormecido entre sábanas deshechas.
Es así, que a pesar de no reconocerlas, de no conocerlas siquiera, logro extrañarlas. Son mías, y la mañana, desconcertante, las ha arrebatado de mi memoria. Entre sonidos extraños, e imágenes artificiales intento reconstruirlas, en una colección de instantes, de sensaciones. La observo y casi parece mía. Y a la vez tan lejana. Es propia del día, de la razón, de procesos que no atraen a las imágenes creadas entre los sueños.
Y entre miradas ajenas, debo esconder el brillo de mis ojos. De la necesidad de rehacer imágenes perdidas. Sabores deshechos entre la sequedad de la boca durante el calor del día. Sabores propios de desvaríos oníricos en mis propios países de maravillas. Sin conejos. Sin fiestas de té. Carentes, en realidad, de parajes maravillosos, que se presenten ante mi memoria. Ecos llenan en cambio las habitaciones vacías de países maravillosos. Será en las mismas miradas ajenas que aún retumbarán los ecos de imágenes escondidas y expectantes a mi nuevo sueño.
La memoria inquieta me deja inmóvil. Esperando. Esperando. Esperando hacerse de suficientes hilos y colores para tejer imágenes que por lo general desconoce en sus momentos lúcidos. Me impide avanzar hasta conseguirlo, en un instante eufórico. Intoxicada de ideas y recuerdos inconexos, termina por cansarse y rendirse a las miradas de extraños, a las palabras del día. Al calor de la mañana de otoño. Al día de abril. Al cielo inusualmente azul.
De esa forma, se despereza, a medida que las vibraciones de la mañana desconcertante se van haciendo cada vez más evidentes. Hasta despertar, en desconcierto y vibración de memoria carente de recuerdos. De sueños carentes de imágenes. De descanso sin movimiento. De movimiento sin comodidad. De mañana calurosa y otoño soleado.
Avanza el día, casi termina, se mueve y me empuja. Y sigo sin querer despertar.