Como es usual en mi consciencia, ella tiene formas extrañas de hacerme encontrar situaciones y matices que por voluntad propia jamás veré. Usa melodías e imágenes de otro modo inofensivas para traer cual constante paso de la brisa, y por ciclos, presencias y sensaciones que debiesen desaparecer por el bien de cualquier persona que se cruce conmigo. Y sin embargo, me obliga a encontrarlas, a encararlas, a deber hacer algo de su presencia. A saborearlas. A disfrutarlas. A dejar mi voluntad, mi obstinación, mi letargo y hacer algo de lo que se supone, desea mostrarme.
Quizás doy demasiadas vueltas a melodías e imágenes que siempre han estado ahí. No soy yo, es mi consciencia. Si por mi fuere, no lo haría, no las vería ni las oiría. Definitivamente no las disfrutaría. Pero las encuentro, y ante mí, los fragmentos tienen más poder que la voluntad que a diario me mueve en direcciones seguras. Es alejarme de ese camino seguro lo que desconcierta en mayor medida. Alejarme de los brazos que me mantienen a diario caminando con tranquilidad.
Será el breve viaje por mi consciencia lo que determine - de manera lamentable - lo que la gente verá. Es difícil no involucrar a los demás en cuestiones irresolubles en sí mismas. No se conseguirá mucho. Culpo a mi consciencia. Es fácil vivir caminando cegada por caminos estrechos en los brazos de personas que terminarán arañadas una vez vuelva de la visita a melodías y fragmentos, imágenes y voces que es mejor mantener lejos. Es cómodo y seguro. Seguro. Me aleja de situaciones que prefiero no ver. De lágrimas preferiblemente contenidas hasta que se evaporen en el sueño, o se sequen bajo mi piel. He de procurar que no vean la superficie de mi rostro. Una vez fuera, no quieren regresar ni detenerse en su salida. La rebeldía de mi consciencia las comanda y no hay nada que yo pueda hacer por disuadirlas. No escucharán la voz disminuida por dientes y brazos, gritos ahogados bajo grandes manos, suaves y tibias, ojos cerrados por fuerza de sonidos externos y amenazas. La voz que continuará caminando tranquila, segura, callada. Los rasguños propios de la rebelión de la consciencia y de las lágrimas serán borrados por el tiempo.
En las historias antiguas, escritas sobre piel cicatrizada y oculta, se esconden los conflictos más complejos, y entre los rincones de mi voluntad, se susurra el uso de armas más filosas. De marcas algo más notorias que rasguños y lágrimas. Los grupos más subversivos de mi voluntad se han retirado y con ellas la violencia de las batallas. La organización se ha hecho más burocrática y con ella algo más compleja. Habré de pasar por lugares distintos a diario, en caminos rectos y estrechos, sin paisajes que distraigan ni sonidos que amenacen. Los brazos fuertes habrán de retenerme y de aguantar los rasguños que en un par de días serán olvidados. Y serán sus ojos los que deban observar el conflicto que se ha desarrollado. Y sus oídos escuchar los gritos y disculpas propias de una discusión irresoluble.
De no ser por los escondites que bien sabe encontrar mi consciencia, nada lograría despertarme del caminar lento y acompasado al que me someten brazos y dientes, que ahogan gritos y ciegan miradas en direcciones peligrosas para mi voluntad. La organización será brevemente interrumpida por la rebelión liderada por la Consciencia sobre la Voluntad. Por su ingeniosa forma de hacerme encontrar fragmentos y melodías, y de desordenar lo que por meses la burocracia voluntaria ha demorado en reorganizar, entre asustados susurros y comentarios, acerca de una nueva batalla - violenta como las de antaño -. Y conseguirá sacudirme por un par de segundos. Alejarme de la gente y de las voces seguras. De los colores apagados y los caminos rectos. Todo para volver - e infructuosamente - arañar brazos demasiado fuertes para mi débil voluntad.
Mi Voluntad no es nada sin mi consciencia. Se quedará quieta y callada hasta que reaparezca y desordene todo otra vez. Caminando y murmurando. Hasta poder gritar por algunos momentos antes de volver a dormir. Nunca sé cuando aparecerá mi consciencia para despertarme, ni cómo escogerá su antojadizo sentido del humor el hacerlo. Finalmente, por desagradable que sea caminar entre brazos sangrantes de rasguños, y gritos amenazantes de voces extrañas - que requerirán de explicaciones - no puedo dejar de agradecerle. Es mi Consciencia.
Quizás doy demasiadas vueltas a melodías e imágenes que siempre han estado ahí. No soy yo, es mi consciencia. Si por mi fuere, no lo haría, no las vería ni las oiría. Definitivamente no las disfrutaría. Pero las encuentro, y ante mí, los fragmentos tienen más poder que la voluntad que a diario me mueve en direcciones seguras. Es alejarme de ese camino seguro lo que desconcierta en mayor medida. Alejarme de los brazos que me mantienen a diario caminando con tranquilidad.
Será el breve viaje por mi consciencia lo que determine - de manera lamentable - lo que la gente verá. Es difícil no involucrar a los demás en cuestiones irresolubles en sí mismas. No se conseguirá mucho. Culpo a mi consciencia. Es fácil vivir caminando cegada por caminos estrechos en los brazos de personas que terminarán arañadas una vez vuelva de la visita a melodías y fragmentos, imágenes y voces que es mejor mantener lejos. Es cómodo y seguro. Seguro. Me aleja de situaciones que prefiero no ver. De lágrimas preferiblemente contenidas hasta que se evaporen en el sueño, o se sequen bajo mi piel. He de procurar que no vean la superficie de mi rostro. Una vez fuera, no quieren regresar ni detenerse en su salida. La rebeldía de mi consciencia las comanda y no hay nada que yo pueda hacer por disuadirlas. No escucharán la voz disminuida por dientes y brazos, gritos ahogados bajo grandes manos, suaves y tibias, ojos cerrados por fuerza de sonidos externos y amenazas. La voz que continuará caminando tranquila, segura, callada. Los rasguños propios de la rebelión de la consciencia y de las lágrimas serán borrados por el tiempo.
En las historias antiguas, escritas sobre piel cicatrizada y oculta, se esconden los conflictos más complejos, y entre los rincones de mi voluntad, se susurra el uso de armas más filosas. De marcas algo más notorias que rasguños y lágrimas. Los grupos más subversivos de mi voluntad se han retirado y con ellas la violencia de las batallas. La organización se ha hecho más burocrática y con ella algo más compleja. Habré de pasar por lugares distintos a diario, en caminos rectos y estrechos, sin paisajes que distraigan ni sonidos que amenacen. Los brazos fuertes habrán de retenerme y de aguantar los rasguños que en un par de días serán olvidados. Y serán sus ojos los que deban observar el conflicto que se ha desarrollado. Y sus oídos escuchar los gritos y disculpas propias de una discusión irresoluble.
De no ser por los escondites que bien sabe encontrar mi consciencia, nada lograría despertarme del caminar lento y acompasado al que me someten brazos y dientes, que ahogan gritos y ciegan miradas en direcciones peligrosas para mi voluntad. La organización será brevemente interrumpida por la rebelión liderada por la Consciencia sobre la Voluntad. Por su ingeniosa forma de hacerme encontrar fragmentos y melodías, y de desordenar lo que por meses la burocracia voluntaria ha demorado en reorganizar, entre asustados susurros y comentarios, acerca de una nueva batalla - violenta como las de antaño -. Y conseguirá sacudirme por un par de segundos. Alejarme de la gente y de las voces seguras. De los colores apagados y los caminos rectos. Todo para volver - e infructuosamente - arañar brazos demasiado fuertes para mi débil voluntad.
Mi Voluntad no es nada sin mi consciencia. Se quedará quieta y callada hasta que reaparezca y desordene todo otra vez. Caminando y murmurando. Hasta poder gritar por algunos momentos antes de volver a dormir. Nunca sé cuando aparecerá mi consciencia para despertarme, ni cómo escogerá su antojadizo sentido del humor el hacerlo. Finalmente, por desagradable que sea caminar entre brazos sangrantes de rasguños, y gritos amenazantes de voces extrañas - que requerirán de explicaciones - no puedo dejar de agradecerle. Es mi Consciencia.
