sábado, enero 27, 2007

De las Batallas con la Consciencia

Como es usual en mi consciencia, ella tiene formas extrañas de hacerme encontrar situaciones y matices que por voluntad propia jamás veré. Usa melodías e imágenes de otro modo inofensivas para traer cual constante paso de la brisa, y por ciclos, presencias y sensaciones que debiesen desaparecer por el bien de cualquier persona que se cruce conmigo. Y sin embargo, me obliga a encontrarlas, a encararlas, a deber hacer algo de su presencia. A saborearlas. A disfrutarlas. A dejar mi voluntad, mi obstinación, mi letargo y hacer algo de lo que se supone, desea mostrarme.
Quizás doy demasiadas vueltas a melodías e imágenes que siempre han estado ahí. No soy yo, es mi consciencia. Si por mi fuere, no lo haría, no las vería ni las oiría. Definitivamente no las disfrutaría. Pero las encuentro, y ante mí, los fragmentos tienen más poder que la voluntad que a diario me mueve en direcciones seguras. Es alejarme de ese camino seguro lo que desconcierta en mayor medida. Alejarme de los brazos que me mantienen a diario caminando con tranquilidad.
Será el breve viaje por mi consciencia lo que determine - de manera lamentable - lo que la gente verá. Es difícil no involucrar a los demás en cuestiones irresolubles en sí mismas. No se conseguirá mucho. Culpo a mi consciencia. Es fácil vivir caminando cegada por caminos estrechos en los brazos de personas que terminarán arañadas una vez vuelva de la visita a melodías y fragmentos, imágenes y voces que es mejor mantener lejos. Es cómodo y seguro. Seguro. Me aleja de situaciones que prefiero no ver. De lágrimas preferiblemente contenidas hasta que se evaporen en el sueño, o se sequen bajo mi piel. He de procurar que no vean la superficie de mi rostro. Una vez fuera, no quieren regresar ni detenerse en su salida. La rebeldía de mi consciencia las comanda y no hay nada que yo pueda hacer por disuadirlas. No escucharán la voz disminuida por dientes y brazos, gritos ahogados bajo grandes manos, suaves y tibias, ojos cerrados por fuerza de sonidos externos y amenazas. La voz que continuará caminando tranquila, segura, callada. Los rasguños propios de la rebelión de la consciencia y de las lágrimas serán borrados por el tiempo.
En las historias antiguas, escritas sobre piel cicatrizada y oculta, se esconden los conflictos más complejos, y entre los rincones de mi voluntad, se susurra el uso de armas más filosas. De marcas algo más notorias que rasguños y lágrimas. Los grupos más subversivos de mi voluntad se han retirado y con ellas la violencia de las batallas. La organización se ha hecho más burocrática y con ella algo más compleja. Habré de pasar por lugares distintos a diario, en caminos rectos y estrechos, sin paisajes que distraigan ni sonidos que amenacen. Los brazos fuertes habrán de retenerme y de aguantar los rasguños que en un par de días serán olvidados. Y serán sus ojos los que deban observar el conflicto que se ha desarrollado. Y sus oídos escuchar los gritos y disculpas propias de una discusión irresoluble.
De no ser por los escondites que bien sabe encontrar mi consciencia, nada lograría despertarme del caminar lento y acompasado al que me someten brazos y dientes, que ahogan gritos y ciegan miradas en direcciones peligrosas para mi voluntad. La organización será brevemente interrumpida por la rebelión liderada por la Consciencia sobre la Voluntad. Por su ingeniosa forma de hacerme encontrar fragmentos y melodías, y de desordenar lo que por meses la burocracia voluntaria ha demorado en reorganizar, entre asustados susurros y comentarios, acerca de una nueva batalla - violenta como las de antaño -. Y conseguirá sacudirme por un par de segundos. Alejarme de la gente y de las voces seguras. De los colores apagados y los caminos rectos. Todo para volver - e infructuosamente - arañar brazos demasiado fuertes para mi débil voluntad.
Mi Voluntad no es nada sin mi consciencia. Se quedará quieta y callada hasta que reaparezca y desordene todo otra vez. Caminando y murmurando. Hasta poder gritar por algunos momentos antes de volver a dormir. Nunca sé cuando aparecerá mi consciencia para despertarme, ni cómo escogerá su antojadizo sentido del humor el hacerlo. Finalmente, por desagradable que sea caminar entre brazos sangrantes de rasguños, y gritos amenazantes de voces extrañas - que requerirán de explicaciones - no puedo dejar de agradecerle. Es mi Consciencia.


domingo, enero 07, 2007

Recuerdos... Demasiado Recientes

Por una cuestión de naturaleza, es difícil para los seres humamos dejarnos llevar por los cambios. Requiere un estado de apatía tal, que nuestra vida pase por sobre nuestra voluntad. Dejarse llevar por el ambiente, sin imponer voluntades. Es algo más fácil dicho que hecho. Sin embargo, en situaciones adecuadas, dejarse llevar sin prestar atención a la voluntad puede ser agradable. Hasta que despertamos del sueño.
Es parte de la esencia del cambio. Nada puede ser pretendido por siempre, aunque nuestro fuero interno nos invite a quererlo así. Maximizar fragmentos de tiempo suspendido, ecos, inflexiones, palabras, que duraron sólo un instante, y son únicamente parte de nuestra memoria. Y aún cuando habremos racionalizado el hecho de que ya no se encontrarán en nuestro entorno, los queremos de vuelta. Melodías pasajeras, sonrisas apagadas, palabras susurradas. Configuran cuadros que serán parte de nuestras expresiones, de lágrimas y nerviosismos de los que sólo nosotros seremos parte. De cicatrices invisibles, y tal vez de algunas algo más apreciables. Determinarán nuestra futura reacción al cambio, y rearmarán hábitos antes de desaparecer con el sueño a diario. Serán dueños de la falta de aquel. Amos y señores de nuestros sentimientos.
Y simplemente se debe seguir avanzando, alrededor todo lo hace. En todo el espacio que no ha sido cubierto con el velo del desconcierto y la incertidumbre, no hay cabida para historias sin final, ni para el deseo de continuarlas, o simplemente destruirlas. Para el deseo de un momento más de fugaces recuerdos por cristalizar en el tiempo. De paz.
La razón dice que es necesario seguir, dejar atrás correr con rapidez en la dirección contraria de las historias a medio contar. Y sin embargo, cómo es posible alejarse sobre el carro de la razón de situaciones que no la han contado jamás como protagonista. Cómo escuchar ahora aquello que ha sido dejado de lado voluntariamente en la creación de recuerdos que son hoy y serán siempre, demasiado recientes para dejar de lado.
Es necesario adaptarse, miles de años de historia lo confirman. Y de nuevo, nuestra humana testarudez nos lo impide. Hay momentos, en que por mantener el calor un segundo más, escuchar una vez más palabras en la oscuridad, o dormir una noche más un sueño sereno, sin recuerdos y expectativas que ya no tienen sustento, valdría la pena dejarnos llevar, y sucumbir ante la voluntad de aquel más fuerte que nosotros. Aceptar el cambio, y dejar atrás los recuerdos e incertidumbre que mantienen alerta a nuestros sentimientos en medio de la noche.

jueves, enero 04, 2007

Máscaras

Las máscaras representan fantasías, cuestiones alejadas de la realidad. Colores y formas que trasladan a quienes las usan y a quienes las observan a otras épocas, otros estilos. Desencadenan emociones. Provocan.
Las máscaras son, sin embargo, herramientas para mantener distancia. Marcan un espacio entre lo que queremos conocer y lo que las personas están dispuestas a mostrar. Intrigan. No vemos más allá de lo que estamos dispuestos a imaginar. Y es en ese sentido que ellas representan una herramienta útil, puesto que no depende de quien las use aquello que se desee proyectar.
Llenan espacios dejados a nuestra imaginación. Entregan parámetros para interactuar con las demás personas. Implican identificación con imágenes y símbolos. Implican alejarnos de nuestra propia imagen, para cubrirnos con otras más apropiadas. De ese modo, permiten a quien las lleva, relacionarse de forma más cómoda con quienes lo rodean. El truco de las máscaras está en no dejar a los demás ver quien está debajo de ellas, y en conseguir proyectar algún sentido abstracto que aleje a quienes puedan sentirse inquietos por ella, de la curiosidad y la necesidad de descubrir un rostro.
Y el gran conflicto de todo esto yace en realidad en que quien cubre su expresión, elude la necesidad de cercanía que aquel que quiere arrancarle la silenciosa distancia siente. Serán las máscaras de cualquier tipo las que determinarán las relaciones, ya sea porque parecen más atractivas algunas, y desagradables otras. Habrán momentos en que no querremos observarlas.
Tal vez representen conflictos de los que deseamos alejarnos, o quizás escondan cicatrices que preferiríamos tener a la vista. En el peor de los casos, heridas que desearíamos poder sanar.
Aquello que escondemos detrás de imágenes y expresiones frías es lo que nos determina finalmente. Será nuestra real expresión la que nos desnude y, del mismo modo, la que nos exponga a miradas y palabras que nos tocan con más calor del que deseamos. Nuestra piel quemada no resistirá quizás la exposición. La función de nuestra máscara será la de protección. La de escudo. Disfrazará lágrimas, cubiertas por sonrisas. Dará tiempo para cicatrizar heridas que deseamos esconder.
Es necesario sin embargo, saber cuando ella deberá bajar de nuestro rostro. No podemos mantenernos enmascarados e inmunes por siempre.