Muchas veces, más allá de lo que vemos y de lo que realmente nos percatamos, es la ausencia lo que nos mantiene cerca de las personas. Es el saberlas vivas, lo que a nosotros nos mantiene vivos constantemente en su recuerdo y a ellos en el nuestro. De otro modo, estarían dadas por sentado insertas en nuestro plano, y carecería de gracia pensar en ellas, en qué aventuras viven, en qué miedos sufren, si piensan en nosotros o no, porque simplemente podríamos mirarlos a la cara y preguntarles, y eso, también carece de gracia.
Es gracias a la ausencia que los pequeños fuegos se hacen grandes hogueras, gracias a la intensidad del sentimiento que los aviva, y a la intención de mantenerlos vivos en nuestra conciencia y en nuestros actos. Es gracias a la ausencia que sentimos esa comunidad con quienes no vemos, puesto que sólo hay tiempo y capacidad de pensar en aquello que nos una a las personas, no a lo que nos distancia. Si estuviesen con nosotros, sentiríamos la necesidad de mantener un espacio alejado de aquellos seres, sólo para que esa lejanía autoimpuesta haga su trabajo y de algo nos sirva, para recordar a la persona y después de un rato querer verla de nuevo.
Sin embargo, creo que aún cuando las personas estén a nuestro lado, si la ausencia va más allá de su mera presencia, y desata en nosotros sentimientos, entonces, por lejos que se encuentre, o incluso a nuestro lado... Aún desearemos su compañía.
