Las máscaras representan fantasías, cuestiones alejadas de la realidad. Colores y formas que trasladan a quienes las usan y a quienes las observan a otras épocas, otros estilos. Desencadenan emociones. Provocan.
Las máscaras son, sin embargo, herramientas para mantener distancia. Marcan un espacio entre lo que queremos conocer y lo que las personas están dispuestas a mostrar. Intrigan. No vemos más allá de lo que estamos dispuestos a imaginar. Y es en ese sentido que ellas representan una herramienta útil, puesto que no depende de quien las use aquello que se desee proyectar.
Llenan espacios dejados a nuestra imaginación. Entregan parámetros para interactuar con las demás personas. Implican identificación con imágenes y símbolos. Implican alejarnos de nuestra propia imagen, para cubrirnos con otras más apropiadas. De ese modo, permiten a quien las lleva, relacionarse de forma más cómoda con quienes lo rodean. El truco de las máscaras está en no dejar a los demás ver quien está debajo de ellas, y en conseguir proyectar algún sentido abstracto que aleje a quienes puedan sentirse inquietos por ella, de la curiosidad y la necesidad de descubrir un rostro.
Y el gran conflicto de todo esto yace en realidad en que quien cubre su expresión, elude la necesidad de cercanía que aquel que quiere arrancarle la silenciosa distancia siente. Serán las máscaras de cualquier tipo las que determinarán las relaciones, ya sea porque parecen más atractivas algunas, y desagradables otras. Habrán momentos en que no querremos observarlas.
Tal vez representen conflictos de los que deseamos alejarnos, o quizás escondan cicatrices que preferiríamos tener a la vista. En el peor de los casos, heridas que desearíamos poder sanar.
Aquello que escondemos detrás de imágenes y expresiones frías es lo que nos determina finalmente. Será nuestra real expresión la que nos desnude y, del mismo modo, la que nos exponga a miradas y palabras que nos tocan con más calor del que deseamos. Nuestra piel quemada no resistirá quizás la exposición. La función de nuestra máscara será la de protección. La de escudo. Disfrazará lágrimas, cubiertas por sonrisas. Dará tiempo para cicatrizar heridas que deseamos esconder.
Es necesario sin embargo, saber cuando ella deberá bajar de nuestro rostro. No podemos mantenernos enmascarados e inmunes por siempre.

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