martes, abril 17, 2007

Despertar en Desconcierto

De pronto, no quiero despertar. Despertar a un día demasiado claro. A colores más brillantes de lo que ojos cansados y obstinados soportan. A un otoño que aún no aparece y se deja extrañar. A una cama vacía, calurosa y deshecha. Prefiero quedarme entre sueños. Distante, en ojos cerrados y ambientes oscuros. En abrigo de media noche e insomnio silencioso. En sopor tranquilo y profundo.
Aún, llega a diario la mañana. Con ella, ojos abiertos, distantes, vacíos. Mirada perdida. Busco, y no encuentro imágenes escondidas en el peso de la noche. Imágenes, vivas, violentas, coloridas, apagadas, distantes, enormes, saladas, íntimas, frías, dolorosas, inextricables, deliciosas, densas, lentas, fugaces, suaves, dulces. Mías. Mis imágenes. Ya, ante la luz de la mañana, han desaparecido. Y no queda nada, más que el recuerdo y el desconcierto adormecido entre sábanas deshechas.
Es así, que a pesar de no reconocerlas, de no conocerlas siquiera, logro extrañarlas. Son mías, y la mañana, desconcertante, las ha arrebatado de mi memoria. Entre sonidos extraños, e imágenes artificiales intento reconstruirlas, en una colección de instantes, de sensaciones. La observo y casi parece mía. Y a la vez tan lejana. Es propia del día, de la razón, de procesos que no atraen a las imágenes creadas entre los sueños.
Y entre miradas ajenas, debo esconder el brillo de mis ojos. De la necesidad de rehacer imágenes perdidas. Sabores deshechos entre la sequedad de la boca durante el calor del día. Sabores propios de desvaríos oníricos en mis propios países de maravillas. Sin conejos. Sin fiestas de té. Carentes, en realidad, de parajes maravillosos, que se presenten ante mi memoria. Ecos llenan en cambio las habitaciones vacías de países maravillosos. Será en las mismas miradas ajenas que aún retumbarán los ecos de imágenes escondidas y expectantes a mi nuevo sueño.
La memoria inquieta me deja inmóvil. Esperando. Esperando. Esperando hacerse de suficientes hilos y colores para tejer imágenes que por lo general desconoce en sus momentos lúcidos. Me impide avanzar hasta conseguirlo, en un instante eufórico. Intoxicada de ideas y recuerdos inconexos, termina por cansarse y rendirse a las miradas de extraños, a las palabras del día. Al calor de la mañana de otoño. Al día de abril. Al cielo inusualmente azul.
De esa forma, se despereza, a medida que las vibraciones de la mañana desconcertante se van haciendo cada vez más evidentes. Hasta despertar, en desconcierto y vibración de memoria carente de recuerdos. De sueños carentes de imágenes. De descanso sin movimiento. De movimiento sin comodidad. De mañana calurosa y otoño soleado.
Avanza el día, casi termina, se mueve y me empuja. Y sigo sin querer despertar.

1 comentario:

Gaceta Léucade dijo...

Hace tiempo atrás tuve un sueño, fue un sueño de imágenes cotidianas, colores comunes, actividades normales, un día normal a media mañana y en momentos inhertes, como esos que hay entre el desayuno y el almuerzo que siendo un día sin obligaciones esos momentos parecieran ser a veces como el relleno de algunas películas. En fin, en este cortometraje sin trama que tuve hubo una pequeña televisión y en ella, entre el ruido visual y la desintonización, había una voz cantando una canción que en ese momento me pareció la pieza musical más hermosa que había escuchado. Tanta fue mi impresión o más bien mi conmoción que tras haber medio-despetertado aún podía tararear algunas partes de esta magnífica pieza...

Bueno, así como pasaba de medio despierto a despierto entero... proporcionalmente fui olvidando las notas de esta pieza musical hasta que ya los intentos de perpetuar aquel canto sólo desembocaban en frustración y cada vez más confusión sumado al cierto enojo que produce el intentar recordar algo y notar al mismo tiempo que nada de lo que piensas encaja perfectamente...

Finalmente el día terminó por atraparme en su dinámica realista y de aquella pieza hermosa y conmovedora no quedó nada, excepto la convicción de que fue esa composición musical y aquella voz las más extraordinarias jamás escuchadas por mis oídos y jamás percibidas por mi alma (si es que existe tal cosa).

Ese es el dilema que me invadió aquella vez, el de si tratar por todos los medios capturar y perpetuar aquella verdadera revelación musical o dejar que, tal como se extingue un atardecer dando paso a la oscuridad de la noche, tiene un valor lograr tener la certeza de haber vivido aquella experiencia aún cuando no pueda visualisarla completamente.

Pues bien, luego de muchos años comprendí que aunque no podamor anclar eternamente las cosas que hemos vivido en nuestros archivos mentales la certeza de haber vivido aquellas experiencias que hoy se ven difusas puede ser suficiente, no suficiente para el deleite del alma o los sentidos, sino suficiente para saber que incluso un sueño no fue una mera ilusión.

Bien, no pretendo ser el chef de la vida onírica dando las recetas para los canapés de los sueños ni mucho menos, simplemente he aquí mi experiencia, nada más ni nada menos.

Hasta después Natalia.