Por una cuestión de naturaleza, es difícil para los seres humamos dejarnos llevar por los cambios. Requiere un estado de apatía tal, que nuestra vida pase por sobre nuestra voluntad. Dejarse llevar por el ambiente, sin imponer voluntades. Es algo más fácil dicho que hecho. Sin embargo, en situaciones adecuadas, dejarse llevar sin prestar atención a la voluntad puede ser agradable. Hasta que despertamos del sueño.
Es parte de la esencia del cambio. Nada puede ser pretendido por siempre, aunque nuestro fuero interno nos invite a quererlo así. Maximizar fragmentos de tiempo suspendido, ecos, inflexiones, palabras, que duraron sólo un instante, y son únicamente parte de nuestra memoria. Y aún cuando habremos racionalizado el hecho de que ya no se encontrarán en nuestro entorno, los queremos de vuelta. Melodías pasajeras, sonrisas apagadas, palabras susurradas. Configuran cuadros que serán parte de nuestras expresiones, de lágrimas y nerviosismos de los que sólo nosotros seremos parte. De cicatrices invisibles, y tal vez de algunas algo más apreciables. Determinarán nuestra futura reacción al cambio, y rearmarán hábitos antes de desaparecer con el sueño a diario. Serán dueños de la falta de aquel. Amos y señores de nuestros sentimientos.
Y simplemente se debe seguir avanzando, alrededor todo lo hace. En todo el espacio que no ha sido cubierto con el velo del desconcierto y la incertidumbre, no hay cabida para historias sin final, ni para el deseo de continuarlas, o simplemente destruirlas. Para el deseo de un momento más de fugaces recuerdos por cristalizar en el tiempo. De paz.
La razón dice que es necesario seguir, dejar atrás correr con rapidez en la dirección contraria de las historias a medio contar. Y sin embargo, cómo es posible alejarse sobre el carro de la razón de situaciones que no la han contado jamás como protagonista. Cómo escuchar ahora aquello que ha sido dejado de lado voluntariamente en la creación de recuerdos que son hoy y serán siempre, demasiado recientes para dejar de lado.
Es necesario adaptarse, miles de años de historia lo confirman. Y de nuevo, nuestra humana testarudez nos lo impide. Hay momentos, en que por mantener el calor un segundo más, escuchar una vez más palabras en la oscuridad, o dormir una noche más un sueño sereno, sin recuerdos y expectativas que ya no tienen sustento, valdría la pena dejarnos llevar, y sucumbir ante la voluntad de aquel más fuerte que nosotros. Aceptar el cambio, y dejar atrás los recuerdos e incertidumbre que mantienen alerta a nuestros sentimientos en medio de la noche.
Es parte de la esencia del cambio. Nada puede ser pretendido por siempre, aunque nuestro fuero interno nos invite a quererlo así. Maximizar fragmentos de tiempo suspendido, ecos, inflexiones, palabras, que duraron sólo un instante, y son únicamente parte de nuestra memoria. Y aún cuando habremos racionalizado el hecho de que ya no se encontrarán en nuestro entorno, los queremos de vuelta. Melodías pasajeras, sonrisas apagadas, palabras susurradas. Configuran cuadros que serán parte de nuestras expresiones, de lágrimas y nerviosismos de los que sólo nosotros seremos parte. De cicatrices invisibles, y tal vez de algunas algo más apreciables. Determinarán nuestra futura reacción al cambio, y rearmarán hábitos antes de desaparecer con el sueño a diario. Serán dueños de la falta de aquel. Amos y señores de nuestros sentimientos.
Y simplemente se debe seguir avanzando, alrededor todo lo hace. En todo el espacio que no ha sido cubierto con el velo del desconcierto y la incertidumbre, no hay cabida para historias sin final, ni para el deseo de continuarlas, o simplemente destruirlas. Para el deseo de un momento más de fugaces recuerdos por cristalizar en el tiempo. De paz.
La razón dice que es necesario seguir, dejar atrás correr con rapidez en la dirección contraria de las historias a medio contar. Y sin embargo, cómo es posible alejarse sobre el carro de la razón de situaciones que no la han contado jamás como protagonista. Cómo escuchar ahora aquello que ha sido dejado de lado voluntariamente en la creación de recuerdos que son hoy y serán siempre, demasiado recientes para dejar de lado.
Es necesario adaptarse, miles de años de historia lo confirman. Y de nuevo, nuestra humana testarudez nos lo impide. Hay momentos, en que por mantener el calor un segundo más, escuchar una vez más palabras en la oscuridad, o dormir una noche más un sueño sereno, sin recuerdos y expectativas que ya no tienen sustento, valdría la pena dejarnos llevar, y sucumbir ante la voluntad de aquel más fuerte que nosotros. Aceptar el cambio, y dejar atrás los recuerdos e incertidumbre que mantienen alerta a nuestros sentimientos en medio de la noche.

1 comentario:
=O. Me gusto ene tu manera de escribir y como piensas. Es cierto todo lo que dices, pero a veces con tal de ser felices recurrimos a cosas tan fútiles como los recuerdos, nunca se podrá olvidar, pero vivir de ellos me parece insoportable.
Suerte!
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