Los recuerdos son los recursos más poderosos que poseemos. Nos permiten idealizar lo que queremos, y olvidar lo que no nos sirve. Son tan volátiles como queramos que sean, o permanentes en nuestra vida si así lo deseamos. Es gracias a nuestra noción de "recuerdo" que terminamos por definirnos, dado que será gracias a ello que filtremos aquello que nos identifique, y que se ajuste a la misma.
Es de ese modo que cumplen una función distinta cada vez que los utilizamos, cual herramienta de aprendizaje, sananción, conciencia, o lo que sea, siempre podemos ajustarlo a nuestras necesidades.
Quizás es por lo mismo, que cuando intentamos hacerlos objetivos, y hacer de nuestra memoria una fuente de verdades, que podemos terminar tristemente decepcionados. La memoria no tiende a ser lo mejor para este tipo de tarea, pues ella es - por gusto propio o por el de su dueño - caprichosa, rebelde, incapaz de ajustarse a los límites necesarios para hacer de ella algo útil más allá de lo que es capaz de ser. Eso es lo que buscamos.
Por eso nuestros recuerdos engañan, pintan ilusiones que nos mantienen en vela a media noche, o nos ayudan a dormir con más tranquilidad, sólo para alejarse de mejor, y en mayor medida de la realidad que vivimos, donde aquellos recuerdos inexistentes en el plano material, puedan ser verosímiles y duraderos. Finalmente las ilusiones deben desvanecerse, y debemos volver a dormir, a pensar en la habitación oscura y la cama vacía, o bien despertar y encontrar caras familiares, actuales, no las de nuestra memoria.
Los recovecos tranquilos de nuestra memoria en que yacen los recuerdos son la mejor fuente de alimento para nuestra tranquilidad y nuestra exaltación, para las emociones, las lágrimas, las sonrisas y razón de por qué finalmente cuesta deshacerse de ellos, de la sensación de total certeza que entregan, aunque ella esté construida en el aire, aunque de nuevo, tengamos que despertar...
