A veces es algo frustrante intentar dar con las cosas específicas que molestan, que nos alteran, que desordenan esquemas que nos demoramos bastante tiempo en poder construir. Pueden pasar semanas, meses, innumerables años, en que quizás no sepamos que lo que más nos inquieta, es lo que más conocemos.
Aquello desconocido logra irritarnos, logra agitar los frágiles hilos de los que nuestra cordura cuelgan inmóviles. Y sin embargo, tal como la brisa, una vez que se alejan, también lo hace su efecto. Aquello que es parte de nuestro orden habitual en cambio, parecer ser algo más molesto que aquellas cosas que creemos son más incómodas, por el hecho de ser desconocidas. Una vez que la incomodidad cesa, lo único que nos queda es lo que conocemos.
Son esas sensaciones que se alojan entre los delgados hilos. Que susurran despacio melodías que intentamos dejar de oír. Melodías que nos acercan a nuestros sentimientso, a los escalofríos que nos llenan, a la inquietud que nos mantiene despiertos cuando debiesemos descansar. Son los que llevan lágrimas a salir desde rincones que no pensamos existían. Que nos persiguen de formas que no entendemos del todo. Que nos obligan a sentir.
Las inquietudes de rostros y palabras conocidas son aquellas que más nos afectan. Las que nos llenan, que nos mantienen reconsiderando. Aquellas de las que huímos pues nos presentan imágenes que nuestra racionalidad aconseja dejar pasar. Sin embargo, entre el cómodo hilado de nuestro inconsciente, se mantienen, crecen, nos controlan. Y nos hacen sonreír. Nos hacen sentir inseguridad. Nos llevan a dudar de cuestiones que no fueron nunca motivo de duda. Nos moldean. Nos tranforman de modos que no logramos dilucidar.
Hoy, las inquietudes parecen ser las que alejan el lado más seguro de la cordura. Que halan cada vez con más fuerza hilos demasiado frágiles. Parecen intentar deshacerlos. Están por conseguirlo.
Aquello desconocido logra irritarnos, logra agitar los frágiles hilos de los que nuestra cordura cuelgan inmóviles. Y sin embargo, tal como la brisa, una vez que se alejan, también lo hace su efecto. Aquello que es parte de nuestro orden habitual en cambio, parecer ser algo más molesto que aquellas cosas que creemos son más incómodas, por el hecho de ser desconocidas. Una vez que la incomodidad cesa, lo único que nos queda es lo que conocemos.
Son esas sensaciones que se alojan entre los delgados hilos. Que susurran despacio melodías que intentamos dejar de oír. Melodías que nos acercan a nuestros sentimientso, a los escalofríos que nos llenan, a la inquietud que nos mantiene despiertos cuando debiesemos descansar. Son los que llevan lágrimas a salir desde rincones que no pensamos existían. Que nos persiguen de formas que no entendemos del todo. Que nos obligan a sentir.
Las inquietudes de rostros y palabras conocidas son aquellas que más nos afectan. Las que nos llenan, que nos mantienen reconsiderando. Aquellas de las que huímos pues nos presentan imágenes que nuestra racionalidad aconseja dejar pasar. Sin embargo, entre el cómodo hilado de nuestro inconsciente, se mantienen, crecen, nos controlan. Y nos hacen sonreír. Nos hacen sentir inseguridad. Nos llevan a dudar de cuestiones que no fueron nunca motivo de duda. Nos moldean. Nos tranforman de modos que no logramos dilucidar.
Hoy, las inquietudes parecen ser las que alejan el lado más seguro de la cordura. Que halan cada vez con más fuerza hilos demasiado frágiles. Parecen intentar deshacerlos. Están por conseguirlo.

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