Nuestros miedos e inseguridades son cuestiones extrañas. Se presentan cuando no los necesitamos, y escapan nuestros sentidos al momento de querer analizarlos o encontrarles significado. A media noche, en esas horas que parecen a la vez interminables y efímeras, aquello a lo que le tememos más, aunque no lo sepamos, o quizás sin querer reconocerlo, se presenta en toda gloria para interrumpir nuestro sopor. Ellos pueden tener distintas formas, o querer despertar distintas sensaciones en quienes son sus víctimas en ese determinado momento. Finalmente la motivación es la misma. Enfrentarnos a situaciones, palabras, personas, recuerdos, que simplemente, no queremos ver.
Dentro de los que por las noches suelen visitarme, aquella que llega con mayor frecuencia es la paranoia. Esa que no es racional, pero que a la vez me obliga a analizar de más todas las situaciones que conforman mi vida a diario. La necesidad de aprobación, o quizás de individualidad, se hace presente cada vez que durante el día no tengo las respuestas necesarias como para poder explicarme exactamente qué es lo que mi conciencia quiere de mí. Aparece desde dentro de mis inseguridades, de mis imperfecciones, de a necesidad de darle sentido a cosas que no lo necesitan. Es la que me lleva corrientes que desconozco, o que quiero evitar por no encontrar detalls que me molesten demasiado. Me hace despertar sobresaltada, y encontrar sombras en rincones oscuros de una habitación por lo demás nada amenazante. Es la que me hace recordar pasajes de conversaciones, para desarmarlos al punto que el sentido original se pierde dentro de aquel que mi cabeza paranoica quiere darle.
Es ella la que moldea mi ánimo muchas veces, la que se desespera por hacerme ver cosas que no quiero ver, que se impacienta por mostrarme sentidos ocultos, o por ocultarme los más evidentes. Transforma mis sentidos y reacciones, y logra deshacerme en sentimientos que nunca más experimento, puesto que es este su dominio, el del calor de media noche, la respiración apresurada y los escalofríos a modo de sumisión ante su presencia. Y es que es el único modo que tiene de poder conseguir que las personas que duermen tranquilas despierten en medio de la noche, para hacer nada sino pensar en ella, en lo que está mal, en lo que podría ser mejor, en aquellas personas que importan pero no lo saben, y en las que no importan pero que logran hacerlo gracias a ella. Es la dueña de las discusiones y las conversaciones salidas de la nada la mañana siguiente cuando un mal sueño nos ha perseguido durante todo el día, sin tener cómo más deshacernos de él, que descargando nuestros miedos, o lo que de ellos queda tras sucumbir ante la luz del sol, nos enfrentamos a aquellas personas que importan.
Mis miedos tienen formas interesantes de presentarse, sin hacerlo del todo, o eludiendo mis sentidos lo suficiente para que no los entienda sino hasta bastante tiempo después. Mi paranoia tiene formas de hacerme pensar todo el día en cosas que quizás no requieren tanto de mi análisis como pareciera ser. Pretende hacerme cambiar mis motivaciones y mis reacciones, de forma infructuosa muchas veces, tras no darle real sentido a lo que hace finalmente. Habrá alguna vez una forma de hacerla hablar, en vezde mirarme con expresión de misterio. De hacerla explicarme los escalofríos y los miedos a cuestiones conocidas, el insomnio y las eternas conversaciones solitarias intentando dar con la razón de por qué las cosas no son como deberían, o las personas tienen una opinión distinta a la que creo que lo hacen.

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