A veces pasa que pretendemos atesorar ciertos instantes de nuestras vidas y conservarlos cuanto más nos sea posible. En ello entran sentimientos, emociones, sensaciones, palabras, sonidos. Todo tiene la capacidad de configurar, de un momento a otro, un punto importante. Lo mismo con las personas, a las que muchas veces pretendemos mantener a nuestro lado mientras más nos sea posible, intentando recordar expresiones y miradas, o a lo menos intentando hacerlo, en una inútil y constante batalla contra nosotros mismos, y nuestras frágiles memorias.
Es mejor muchas veces intentar conservar los recuerdos dulces y tardiós de nuestra memoria, antes que intentar saborear lo mismo con nuevos escenarios y circunstancia. Lo más probable es que los amigos de la infancia sólo tengan en común con nosotros el mismo juego en el patio del colegio, pero más allá, ambas vidas toman un curso diferente.
Quizás debemos estar agradecidos de nuestra memoria, de lo parcial que es, de lo insignificante que le parecen los detalles muchas veces, antes de decepcionarnos por las vueltas que tiende a darle a los hechos una vez concluidos aquellos, o por los eternos anhelos de sonrisas idas y de caminos recorridos. A veces, es mejor quedarse con los anhelos de instantes antiguos entre las manos y en los recuerdos, puesto que las lágrimas que derramamos entonces, son más dulces que las que lloraremos cuando lo que alguna vez tuvimos, no podamos recobrar.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario