Muchas veces las ganas de tener secretos son mayores de lo que a los seres humanos nos gusta reconocer. Esa sensación de tener algo que nadie puede quitarnos por el simple hecho de que nadie sabe que lo tenemos, o lo que podría suceder si dejasemos de hacerlo. Es agradable sentir ese calor sabiéndolo propio, denso, recorriendo nuestro interior, nuestras sensaciones como una nube de humo, tibia y cadenciosa.
Es simple. Como individuos parte de un mundo sensorial, tendemos a dejarnos llevar por sensaciones, producto de nuestra interacción con el medio. Es gracias a ello que nos guiamos, que recorremos caminos llenos de imágenes y personas, que buscamos poder relacionar. Es a raíz de momentos como esos que logramos moldear nuestro gusto, nuestra intención. Es lo que me lleva a pensar en la esencia del placer, aquello que nos brinda bienestar, tranquilidad. Es poder sentir, sin nada más, esperando espacios en penumbra, con melodías suaves, que nos lleven al lugar exacto donde pretendemos encontrarmos.
Es placer puro.Y es que el placer en sí no debe ser más que eso, algo simple, que siendo eminentemente producto de experiencias, nos ayuda a relacionar ideas, personas, objetos. Es gracias al placer que generamos recuerdos, y por ende, un sendero.
Por estos días la tenue luz y el silencio son placeres, las hojas siendo llevadas por la brisa y las mañanas frías. Todo constituye una imagen propia, única de la que no puedo despegarme aunque quisiera, la que representa un capítulo que creo, recién empieza. Es casi como la sensación de incertidumbre al observar un libro, un buen vino, donde buscamos la sensación sin saber lo que ella nos depara, esprando poder hacerlo nuestra, temiendo que termine. Creo que lo único que extraño ahora mismo, es tener a alguien más bajo esa luz tenue con quien poder sentir y yacer en silencio.

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