A veces atreverse a probar cosas nuevas, a cambiar actitudes, a entrar al mar frío, es más fácil que hablar. Hablar sin conciencia, sólo sentimiento. Sin razonar demás, sin querer cambiar a cada instante lo que se está diciendo, o cómo se quiere decir finalmente. Incluso cuando sea lo que más queremos. Cuando es algo más interesante para nuestros sentidos que razonar, que establecer un buen discurso, es dejarse llevar por las palabras. Por las sensaciones que ellas acarrean, por las imágenes que configuran a la vez. Ni siquiera es mirar a la cara, sino exponerse a una reacción distinta a la que se espera. Quizás mejor. Pero dentro de nuestra cabeza, no es lo que esperamos.
Muchas veces la sensación de hormigueo esperando a que esa frase termine, a que el silencio que la sigue se presente, como brisa fría, es mejor que la respuesta. Imaginar colorido tras palabras habladas a media voz. Es temer acercar algo más la vulnerabilidad de nuestra voz. Al desnudar las sensaciones esperadas, los sentimientos perdidos, las imágenes fortuitas construidas en penumbras cálidas, compartidas, se revelan nuestras imperfecciones, nuestros matices, las suavidades y las asperezas. Cuesta atreverse a mostrar alguna marca. Aún más, es difícil lograr que lo que se intenta decir, sea realmente lo que queremos que sea.
Finalmente la sensación de complicidad cuando las palabras han sido pronunciadas, tras largo rato de saborearlas en silencio, significia adentrarse en las frecas olas dejando que la sal se pegue al cuerpo, con un leve escalofrío, familiar, casi un recuerdo. Recuerdo de tantas veces esperar la respuesta indicada. Una vez que el silencio se configura alrededor de la conversación interminable, y la reacción sucede, nuevas imágenes comienzan su proceso. Y entonces el vencer la cobardía anterior se convierte en algo nimio.

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